Capítulo 4
Historia de un alma · Santa Teresita del Niño Jesús
Primera comunión y confirmación
Tramo 21 de 21
Cuando entró María en el Carmen, como yo no podía contarle mis penas, me dirigí al cielo y me encomendé a los cuatro angelitos que me habían precedido en la gloria, en la confianza de que aquellas almas inocentes, no habiendo jamás conocido la turbación ni el temor, debían compadecerse de su pobre hermanita que padecía en la tierra. Habléles con sencillez de niña, haciéndoles presente que por ser la última de la familia, siempre había sido la más querida, la más mimada de mis padres y de mis hermanas, y que si ellos se hubiesen quedado en la tierra, me hubieran dado sin duda las mismas pruebas de cariño. Su partida al cielo no era razón para que me olvidasen, al contrario, ya que tenían tan a mano los tesoros divinos, debían procurarme la paz y mostrarme así que allá arriba se sabe también amar.
La respuesta no se hizo esperar; muy pronto las deliciosas ondas de la paz inundaron mi alma. ¡No sólo me amaban en la tierra, sino también en el cielo! Desde entonces aumentó mi devoción a mis hermanitos y hermanitas del paraíso; me gustaba conversar con ellos, y les hablaba de las tristezas del destierro y de mi deseo de ir pronto a reunirme con ellos en la patria eterna.
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