Santos Apóstoles · Kindle

Capítulo 4

Historia de un alma · Santa Teresita del Niño Jesús

Primera comunión y confirmación

Tramo 8 de 21

Letra pequeñaMedianaGrande

¡Qué dulce fue el primer beso de Jesús a mi alma! ¡Sí, fue un beso de amor! Sentíame amada y repetía a mi vez: ¡os amo, me entrego a Vos para siempre! Jesús no me pidió nada, no exigió de mí ningún sacrificio. Hacía ya mucho tiempo que El y Teresita se habían mirado y comprendido; aquel día no pudo llamarse a nuestro encuentro simple mirada, sino verdadera fusión. Ya no éramos dos: Teresita había desaparecido, como la gota de agua se pierde en el océano; Jesús quedaba solo, como Dueño y como Rey. ¿No le había suplicado Teresita que le arrebatase su libertad? Aquella libertad la aterraba; se sentía tan débil, tan frágil, que quería unirse para siempre a la Fortaleza divina.

Y llegó a ser su gozo tan grande, tan profundo que se desbordó de pronto en lágrimas deliciosas, con gran extrañeza de sus compañeritas, que luego se preguntaban, unas a otras: ¿Por qué ha llorado? ¿Tendría algún escrúpulo de conciencia? ¿O sería tal vez la ausencia de su madre o el de su hermana la carmelita, a quien tanto ama?

Nadie comprendía que viniendo a un corazón toda la alegría del cielo, este corazón desterrado, débil y mortal, no pueda sobrellevarla sin derramar lágrimas... ¿Cómo iba a causarme pena la ausencia de mi madre el día de mi Primera Comunión, si al recibir la visita de Jesús recibía también la suya, puesto que todo el cielo habitaba en mi alma? No lloraba tampoco la ausencia de Paulina. ¡Estábamos más unidas que nunca! No, lo repito, tan sólo una alegría inmensa y profunda llenaba mi corazón.

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