Capítulo 5
Historia de un alma · Santa Teresita del Niño Jesús
La gracia de Navidad
Tramo 15 de 21
Obtenido ya el consentimiento de mi tío, supe por Vuestra Reverencia, Madre mía, que el Superior del Carmen no permitiría mi entrada hasta la edad de veintiún años. Nadie había contado con esta oposición, la más grave, la más invencible de todas. Con todo, sin desanimarme, fui yo misma con mi padre a exponerle mis deseos. Recibióme muy fríamente; ningún argumento logró cambiar sus disposiciones, y nos despedimos sin obtener de él más que un “no” terminante. No obstante ello, añadió, no soy más que un delegado de Su Ilustrísima; si él consciente en esta entrada, nada tendré que decir. Al salir de la rectoría, llovía torrencialmente. ¡Ay! ¡Negros nubarrones cubrían también todo el cielo de mi alma! Papá no sabía cómo consolarme; me prometió que me llevaría a Bayeux si yo lo deseaba, y acepté la oferta con agradecimiento.
Muchos sucesos ocurrieron antes de que nos fuera dado emprender el viaje. Exteriormente mi vida parecía la misma; estudiaba, y sobre todo crecía en amor a Dios; a veces sentía arranques, verdaderos transportes...
Una noche, no sabiendo cómo demostrarle a Jesús mi amor y mi ardiente deseo de verle servido y glorificado en todas partes, pensé con dolor que de los abismos del infierno no subiría jamás hasta El ni un solo acto de amor, y exclamé entonces que de buena gana me vería sumergida en aquel lugar de tormentos y blasfemias para que allí fuera eternamente amado. No podría esto glorificarle, puesto que el Señor sólo desea nuestra felicidad; pero cuando se ama, se experimenta la necesidad de decir mil locuras. Hablaba de esta manera, no porque el cielo no excitara mi deseo, sino porque entonces mi único cielo era el amor, y en mi entusiasmo sentía que nada podría separarme del objeto divino que me había enajenado...
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