Capítulo 5
Historia de un alma · Santa Teresita del Niño Jesús
La gracia de Navidad
Tramo 16 de 21
Por aquel tiempo me dio Nuestro Señor el consuelo de tratar de cerca almas de niños. He aquí en qué circunstancias: durante la enfermedad de una pobre madre de familia, me ocupé mucho de sus dos niñitas, la mayor de las cuales no contaba aún seis años. Era para mí un verdadero gusto ver con qué ardor creían todo cuanto yo les decía. Profundo debe ser el germen de las virtudes teologales depositado por el santo bautismo en las almas, puesto que ya en la infancia, la esperanza de los bienes futuros basta para hacer aceptar los sacrificios.
Cuando quería ver a mis dos niñitas muy avenidas entre sí, en vez de prometerles juguetes y dulces, les hablaba de las recompensas eternas que dará el Niño Jesús a los niños buenos. La mayorcita, cuya razón comenzaba a desarrollarse, me miraba con expresión de intensa alegría y me hacía mil preguntas embelesadoras acerca del Niño Jesús y de su hermoso cielo. Me prometía después con entusiasmo, que cedería siempre en todo a su hermanita, añadiendo que jamás olvidaría las lecciones de “la señorita grande”, como me llamaba.
Comparaba a aquellas almas inocentes con la cera blanda, en la cual puede grabarse con facilidad cualquier señal, ¡ay!, por desgracia, así del mal como del bien...; por esto comprendí las palabras de Jesús que “más le valdría — a uno ser precipitado en el mar que escandalizara uno solo de estos pequeñuelos”. ¡Ah, cuántas almas llegarían a muy elevada perfección si desde el principio fuesen bien dirigidas!
Último tramo abierto guardado si su navegador acepta cookies. También puede guardar esta página en favoritos.