Capítulo 5
Historia de un alma · Santa Teresita del Niño Jesús
La gracia de Navidad
Tramo 17 de 21
Sé que Dios no necesita de nadie para llevar a cabo su obra de santificación; mas así como permite a un hábil jardinero cultivar plantas raras y delicadas, dándole la ciencia necesaria para este objeto, pero reservándose el poder de fecundizarlas, del propio modo quiere ser secundado en la divina cultura de las almas. ¿Qué sucedería si un horticultor poco hábil injertara mal sus árboles, o no supiera distinguir la naturaleza de cada uno, sino que quisiera, por ejemplo, hacer brotar rosas en un melocotonero?
Tráeme esto a la memoria que en otro tiempo tenía yo entre mis pájaros un canario que cantaba admirablemente, y también un pardillo, al cual había criado desde su salida del nido, prodigándole particulares cuidados. El pobrecito prisionero, privado de las lecciones de música de sus padres, y no oyendo desde la mañana a la noche más que los alegres trinos del canario, quiso imitarle un día. ¡Difícil empeño para un pardillo! Era curioso ver los esfuerzos del pobrecillo, a cuya dulce voz le costó mucho acomodarse a las vibrantes notas de su maestro. Esto no obstante, lo consiguió, con gran sorpresa mía, y su canto llegó a ser eternamente igual al del canario.
¡Oh, Madre mía, bien lo sabe Vuestra Reverencia quien me enseñó a cantar desde mi infancia! ¡Bien conoce las voces que me enamoraron! Y ahora espero poder repetir un día eternamente, a pesar de mi debilidad, el canto de amor cuyas armoniosas notas he oído modular tantas veces acá en la tierra...
Pero, ¿en dónde estoy? Estas reflexiones me han llevado demasiado lejos... Vuelvo a emprender inmediatamente el relato de mi vocación.
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