Capítulo 5
Historia de un alma · Santa Teresita del Niño Jesús
La gracia de Navidad
Tramo 4 de 21
Para estimular mi celo, no tardó en demostrarme el Buen Maestro que mis deseos le eran agradables. Of hablar de un gran fascineroso llamado Pranzini, condenado a muerte por crímenes horrendos; su impenitencia hacía temer la condenación eterna de su alma, y quise evitar este mal supremo e irremediable. A este fin empleé todos los medios espirituales que pude imaginar, y convencida de que nada lograría por mí misma, ofrecí por su rescate los infinitos méritos de Nuestro Señor y los tesoros de la Santa Iglesia.
¿Me atreveré a decirlo? Sentía en lo íntimo de mi corazón la certidumbre de que mi ruego sería escuchado. Mas con el fin de cobrar ánimo para proseguir la conquista de las almas, hice esta ingenua oración:
“Dios mío, tengo la completa seguridad de que perdonaréis al desdichado Pranzini; lo creería aunque no se confesase ni diese señal alguna de contrición; tanta es mi confianza en vuestra infinita misericordia. Pero Señor, es el primer pecador que os encomiendo; por tanto, os suplico que me concedáis tan sólo una señal de su arrepentimiento únicamente para consuelo de mi alma”.
Mi oración fue atendida al pie de la letra. Papá no nos dejaba leer nunca llos diarios; sin embargo, no creí desobedecer mirandolas noticias concernientes a Pranzini. Al día siguiente de su ejecución, abrí con afán el periódico La Croix, y ¿qué vieron mis ojos?...
¡Ah!, mis lágrimas delataron mi conmoción, porlo que tuve que retirarme a escape para ocultarlas. Pranzini había subido al cadalso sin confesión, sin absolución; ya los verdugos lo arrastraban hacia el fatal cadalso, cuando tocado de pronto por súbita inspiración, vuélvese, toma el Crucifijo que le presentaba el sacerdote, y ¡besó por tres veces sus sagradas llagas!
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