Santos Apóstoles · Kindle

Capítulo 5

Historia de un alma · Santa Teresita del Niño Jesús

La gracia de Navidad

Tramo 5 de 21

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Había obtenido, pues, la señal deseada, y aquella señal era dulcísima para mí. ¿Por ventura no había penetrado en mi corazón la sed de almas al contemplar las llagas de Jesús, al ver correr su sangre divina? Quería darles a beber esta sangre inmaculada para que las purificase de todas sus manchas; y los labios “de mi primer hijo” posáronse en aquellas divinas llagas. ¡Inefable respuesta! A partir de aquel favor tan singular, aumentó en mí cada día el deseo de salvar las almas; parecíame oír a Jesús decirme en voz baja como a la Samaritana: ¡Dame de beber”.

Era un verdadero cambio de amor; vertía yo en las almas la preciosa sangre de Jesús, ofrecía estas mismas almas refrigeradas con el rocío del Calvario. De este modo trataba yo de apagar su sed; pero cuanto más le daba de beber, más grande era la sed de mi pobrecita alma, y aceptaba yo aquella sed ardorosa como la más deliciosa recompensa.

En muy corto espacio de tiempo me había sacado el Señor del estrecho círculo en que vivía, haciéndome dar el paso decisivo; mas, ¡ay!, me quedaba por recorrer todavía largo trecho.

Aligerada de sus espectáculos y de su excesiva sensibilidad, se desarrolló mi alma. Yo que siempre había amado lo grande, lo bello, me sentí poseída en aquella época de grandísimos deseos de saber. No contentándome con las lecciones de mi maestra, estudiaba por mí misma ciencias especiales; por este medio adquirí más conocimientos en algunos meses que durante todos los años de mis estudios. ¡Ay! ¿No era este afán vanidad y aflicción de espíritu?

Siendo de natural ardiente, me hallaba en el momento más peligroso de la vida. Pero el Señor hizo conmigo lo que refiere Ezequiel en sus profecías:

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