Capítulo 6
Historia de un alma · Santa Teresita del Niño Jesús
El viaje a Roma
Tramo 1 de 21
Tres meses después de mi visita a Bayeux, emprendí otro viaje mucho más largo, el de la Ciudad Eterna. Demostróme este último viaje la nada de todas las cosas pasajeras. A pesar de ello, pude contemplar espléndidos monumentos y maravillas del arte y de la religión; sobre todo pisé la misma tierra que habían pisado los Apóstoles, la tierra regada con la sangre de los mártires, dilatándose mi alma al contacto de las cosas santas.
Muy satisfecha estoy de haber ido a Roma; pero comprendo que algunas personas supieron que emprendía mi padre aquel viaje con objeto de desviarme de mis ideas de vida religiosa. Verdaderamente había motivos para quebrantar una vocación poco segura.
En primer lugar, nos encontramos Celina y yo en medio de personas de la más selecta y elegante sociedad, de la cual se componía casi exclusivamente la peregrinación. ¡Ah, aquellos títulos de nobleza en vez de deslumbrarme, me parecieron humo vano! Claramente comprendí las palabras de la Imitación: “No persigáis esa vana sombra que en el mundo llaman un gran nombre”. Comprendí que la verdadera grandeza se halla no en el nombre, sino en el alma.
Dice el profeta que “el Señor dará otro nombre a sus elegidos”. y leemos en el Apocalipsis: “El vencedor recibirá una piedra blanca sobre la cual estará escrito un nombre nuevo, desconocido de todos, excepto de aquel que lo recibe”. En el cielo, pues, sabremos nuestros títulos de nobleza. Allí “recibirá cada cual de Dios la alabanza merecida”, y el que por amor a Nuestro Señor haya preferido ser en la tierra el más pobre y el más desconocido, será el primero, el más noble y el más rico.
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