Capítulo 6
Historia de un alma · Santa Teresita del Niño Jesús
El viaje a Roma
Tramo 4 de 21
Al llegar el turno al nuestro, oímos que en presencia de todos los peregrinos lo llamaban San Martín. Papá agradeció mucho esta delicada deferencia, e inmediatamente fue a darle las gracias al director de la Peregrinación, Monseñor Legoux, Vicario General de Coutances. Desde entonces, mucha gente no lo llamaba de otro modo que el señor San Martín.
El Reverendo señor Révérony observaba atentamente todas mis acciones; notaba yo que me vigilaba continuamente, hasta en la mesa; si no me sentaba frente a él, encontraba modo de inclinarse para verme y oirme. Creo que debió quedar satisfecho de su examen, pues al final del viaje pareció bien dispuesto en favor mío. Y digo al fal, porque en Roma pensó en todo menos en servirme de abogado, como más adelante explicaré.
De camino para Roma, atravesamos Suiza con sus altas montañas cuyas nevadas cimas se pierden en las nubes, con sus cascadas y profundos valles cubiertos de helechos gigantescos y de rosados brezos.
¡Oh, amadísima Madre mía, cuánto bien hicieron a mi alma aquellas bellezas naturales prodigadas con tanta profusión! ¡Cómo me elevaron hacia Aquel que se ha complacido en derrochar tales obras maestras en un lugar de destierro que sólo ha de durar un día.
A veces escalábamos la cumbre de las montañas, contemplando con frecuencia a nuestros pies los profundos e insondables precipicios que parecían querer engullirnos. Ora atravesábamos un pueblecito precioso, con sus chalets y su lindo campanario, encima del cual se balanceaban ligeras nubecillas; ora admirábamos un vasto lago de tranquilas y transparentes ondas, cuyo tinte azulado se mezclaba con los dorados resplandores del sol poniente.
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