Capítulo 6
Historia de un alma · Santa Teresita del Niño Jesús
El viaje a Roma
Tramo 10 de 21
Dice el Santo Evangelio que Magdalena, siempre junto al Sepulcro, e inclinándose repetidas veces para mirar adentro, acabó por ver dos ángeles. A fuerza de inclinarme como ella, también vi yo, no dos ángeles, sino lo que buscaba, por lo que lanzando una exclamación de alegría dije a Celina: Ven, sígueme; podremos pasar. Sin perder un momento, nos lanzamos las dos trepando por las ruinas, que rondaban bajo nuestros pies, mientras papá admirado de nuestra audacia, nos llamaba de lejos. Pero nosotras nada oíamos ya.
A semejanza de los guerreros que sienten crecer su valor puestos en el peligro, crecía nuestro gozo a proporción de nuestra fatiga y del peligro que afrontábamos para alcanzar el término de nuestros deseos.
Celina, más previsora que yo, había escuchado las explicaciones del guía, y recordando que aquél acaba de señalar cierto empedradito en cuadro como el lugar en donde combatían los mártires, se puso a buscarlo. Habiéndolo hallado, pronto nos arrodillamos sobre aquella tierra bendita, confundiéndose nuestras almas en una misma plegaria... Mi corazón latía violentamente cuando acerqué mis labios al polvo enrojecido con la sangre de los primeros cristianos. Imploré la gracia de ser también mártir por Jesús, y sentí en lo íntimo de mi corazón que era atendida mi petición.
Todo esto duró muy poco tiempo. Después de recoger algunas piedrezuelas, deshicimos el peligroso camino ya andado. Al vernos tan contentas, papá no tuvo valor para reprendernos, y aun conocí que se sentía orgulloso de nuestro valor.
Después del Coliseo, visitamos las Catacumbas. Allí Celina y Teresita encontraron modo de acostarse juntas en el fondo del antiguo sepulcro de Santa Cecilia y tomar un puño de tierra santificada por sus benditas reliquias.
Último tramo abierto guardado si su navegador acepta cookies. También puede guardar esta página en favoritos.