Capítulo 6
Historia de un alma · Santa Teresita del Niño Jesús
El viaje a Roma
Tramo 12 de 21
Invertimos seis días contemplando las principales maravillas de Roma, y el séptimo vi la mayor de todas: León XIII. Deseaba y temía al mismo tiempo que llegara ese día ya que de él dependía mi vocación, pues no habiendo recibido respuesta alguna del señor Obispo, el permiso del Padre Santo era mi única tabla de salvación. Mas para obtenerlo, era menester pedirlo; tenía que atreverme a hablar al Papa, y esto en presencia de varios Cardenales, Arzobispos y Obispos. Sólo de pensarlo me estremecía.
El domingo 20 de noviembre por la mañana, entramos en el Vaticano en la capilla del Sumo Pontífice. A las ocho asistimos a la Misa que celebraba el Papa; la ardiente piedad con que celebró el Santo Sacrificio, piedad digna del Vicario de Jesucristo, nos mostró que verdaderamente era el Padre Santo.
En el Evangelio de aquel día se leían aquellas encantadoras palabras: “No temas, pequeño rebaño, porque ha sido del agrado de mi Padre daros su reino”. Y mi corazón se entregaba a la más viva confianza. No, nada temía, esperaba que el reino del Carmen me pertenecería muy pronto. No tomaba entonces en cuenta estas otras palabras de Jesús: “Os preparo mi reino como mi Padre me lo preparó a mí” Es decir, os reservo cruces y tribulaciones; de esta manera llegaréis a ser dignos de poseer mi reino. “Hasido necesario que Cristo padeciese antes de entrar en su gloria”. “Si deseáis tomar asiento a su lado, bebed el cáliz que bebió El mismo”.
Concluida la Misa de acción de gracias que siguió a la de Su Santidad, comenzó la audiencia.
Último tramo abierto guardado si su navegador acepta cookies. También puede guardar esta página en favoritos.