Capítulo 6
Historia de un alma · Santa Teresita del Niño Jesús
El viaje a Roma
Tramo 15 de 21
Aquel día tampoco se atrevió a brillar el sol; el bellísimo cielo azul de Italia, cargado de oscuras nubes, no cesó de llorar conmigo. ¡Ah, todo estaba concluido! El viaje no tenía ya ningún atractivo a mis ojos, puesto que había fallado su fin. Sin embargo, las últimas palabras del Santo Padre hubieran debido consolarme como una verdadera profecía. En efecto, a pesar de todos los obstáculos, se ha realizado lo que Dios ha querido; no ha permitido que sus criaturas hicieran lo que querían, sino únicamente su voluntad.
Hacía ya algún tiempo que me había ofrecido al Niño Jesús para ser su juguetito. Habíale rogado que no se sirviera de mí como un juguete de valor, al cual se contentan con mirar los niños sin atreverse a tocarlo, sino como de una pequeña pelota sin valor alguno, que podía tirar al suelo, empujar con el pie, taladrarla, abandonarla en un rincón, o bien estrecharla contra su corazón, si en ello hallaba placer. En una palabra, quería divertir al Niño Jesús y entregarme a sus caprichos infantiles.
Acababa de atender mi ruego. En Roma taladró Jesús su juguetito... sin duda para ver lo que había dentro...; luego, —satisfecho de su descubrimiento, dejó caer su pelotita y se durmió. ¿Qué hizo durante su dulce sueño, y qué fue de la pelota abandonada? Soñó Jesús que seguía jugando con ella, que ahora la tomaba, ahora la dejaba; que la arrojaba rodando muy lejos y finalmente la estrechaba contra su Corazón, y su manita no volvía a soltarla jamás.
¡Ya comprende Vuestra Reverencia, Madre mía, la tristeza de la pelotita al verse en el suelo! A pesar de ello no dejaba de esperar contra toda esperanza.
Último tramo abierto guardado si su navegador acepta cookies. También puede guardar esta página en favoritos.