Capítulo 6
Historia de un alma · Santa Teresita del Niño Jesús
El viaje a Roma
Tramo 16 de 21
Pocos días después del 20 de noviembre, fue a visitar mi padre al venerado Hermano Simeón, director y fundador del Colegio de San José. Como se encontrase allí con el señor Révénory le reprochó amablemente el que no me hubiera ayudado en mi difícil empresa; después le refirió la historia al buen Hermano Simeón. Escuchóla el venerado anciano con mucho interés, y aun tomó notas del asunto, exclamando: “¡No se ve esto en Italia!”
Al día siguiente día de la memorable audiencia, debimos partir con dirección a Nápoles y Pompeya. El Vesubio disparó en honor nuestro numerosos cañonazos, dejando escapar de su cráter espesa columna de humo. Las huellas que dejó en Pompeya son horrorosas, demostrando el poder de Dios que “hace temblar la tierra sólo con mirarla, y reduce a cenizas las montañas tocándolas solamente”. Mucho me hubiera gustado discurrir sola por aquellas ruinas, meditando la fragilidad de las cosas humanas, pero no había que pensar en semejante soledad.
En Nápoles, hicimos una magnífica excursión al convento de San Martín, situado en una elevada colina que domina la ciudad? Pero a la vuelta se desbocaron nuestros caballos; y sólo a la protección de nuestros ángeles custodios atribuyo el haber llegado sanos y salvos a nuestro espléndido hotel. No es exagerada la palabra espléndido, pues en el transcurso de nuestro viaje nos alojamos en hoteles verdaderamente regios; nunca me había visto rodeada de tanto lujo. Aquí sí que podía decirse que la riqueza no constituye la felicidad. Mil veces más dichosa me hubiera hallado bajo un pobre techo de paja, con la esperanza de poder entrar en el Carmen, que junto a aquellos dorados artesonados, aquellas escaleras de mármol, aquellos ricos tapices de seda, con la amargura en el corazón.
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