Santos Apóstoles · Kindle

Capítulo 6

Historia de un alma · Santa Teresita del Niño Jesús

El viaje a Roma

Tramo 6 de 21

Letra pequeñaMedianaGrande

El Campo santo era maravilloso. Sus estatuas de mármol blanco, a las que el cincel del genio parece haberles comunicado vida, están diseminadas por el vasto cementerio, con cierto descuido que no carece de arte. Casi se siente uno tentado de consolar a aquellos personajes alegóricos de que se ve rodeado: ¡tan verdadera es su expresión de dolor tranquilo y cristiano! ¡Qué magníficas obras de arte! Aquí un niño que esparce flores en la sepultura de su padre; llega uno a olvidar la pesantez del mármol; los delicados pétalos parecen resbalar entre los dedos del niño. Más allá el ligero velo de las viudas y las cintas que adornan la cabellera de las jóvenes, parecen flotar al capricho del viento.

No encontrábamos palabras para expresar nuestra admiración, cuando un caballero francés, ya de edad, que nos seguía a todas partes, sintiendo sin duda no poder compartir nuestros sentimientos, exclamó malhumorado: ¡Ah, qué entusiastas son los franceses! Creo que aquel buen señor hubiera hecho mejor en quedarse tranquilamente en su casa. En vez de gozar de aquel viaje, no hizo más que quejarse continuamente; de todo estaba descontento; de las ciudades, de los hoteles, de la gente...

Papá, que se encontraba bien en cualquier parte, pues era de índole diametralmente opuesta a la de su desagradable vecino, intentaba muchas veces alegrarle, ofrecerle su puesto en el coche y en otras partes, y con su habitual grandeza de alma, mostrábale el lado bueno de las cosas, pero nada lograba disipar el mal humor de aquel hombre. ¡Qué diversidad de personas! ¡Qué estudio tan curioso e interesante ofrece el mundo cuando uno está en vísperas de dejarlo!

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