Capítulo 6
Historia de un alma · Santa Teresita del Niño Jesús
El viaje a Roma
Tramo 17 de 21
¡Ah! bien lo experimenté: no se encuentra la alegría en los objetos que nos rodean; reside en lo más íntimo del alma. Lo mismo podemos gozar de ella en las profundidades de una oscura cárcel, que en un palacio real. Asíes que, aun en medio de las pruebas exteriores e interiores, soy más feliz en el Carmen que en el mundo donde nada me faltaba, particularmente las dulzuras del hogar paterno.
Aunque estuviese sumida mi alma en la más profunda tristeza, exteriormente era la misma, pues me hallaba persuadida de que todos ignoraban mi petición al Padre Santo. Pronto pude convencerme de lo contrario. Un día en que me quedé en el tren sola con Celina, mientras bajaban los peregrinos a la fonda, vi asomarse a la portezuela de nuestro coche a Monseñor Legoux. Después de mirarme detenidamente, me dijo sonriendo: ¿Qué tal? ¿Cómo está nuestra pequeña carmelita? Comprendí entonces que toda la peregrinación sabía mi secreto; de ello acabé de cerciorarme por ciertas miradas de simpatía; pero claramente nadie me habló de ello.
En Asís me ocurrió una pequeña aventura. Después de haber visitado los lugares embalsamados por las virtudes de San Francisco y de Santa Clara, perdí en el monasterio la hebilla de mi cinturón. Pasó algún tiempo mientras la buscaba y la adaptaba otra vez a la cinta; cuando me presenté en la puerta, todos los coches habían desaparecido excepto uno, ¡el del Vicario General de Bayeux! ¿Echaría a correr tras de los coches que ya no se divisaban, exponiéndome asía perder el tren, o pediría un sitio en el del señor Révérony? Opté por esto último como lo más prudente.
Último tramo abierto guardado si su navegador acepta cookies. También puede guardar esta página en favoritos.