Capítulo 7
Historia de un alma · Santa Teresita del Niño Jesús
La entrada en el Carmelo
Tramo 11 de 14
Recuerdo que en el mes de junio de 1888, en el momento en que temíamos que le sobreviniese una parálisis cerebral, sorprendióse nuestra Maestra al decirle yo: Sufro muchísimo Madre, pero veo que puedo sufrir más todavía. No presentía yo entonces la aflicción que nos aguardaba: no sabía que el 12 de febrero,” un mes después de mi toma de hábito, apuraría nuestro venerado padre un cáliz tan amargo. ¡Ah, no dije ya entonces que podía sufrir más todavía! No intentaré describir nuestras angustias, pues no hay palabras para poder expresarlas.
Cuando estemos en el cielo, nos complacerá hablar de aquellos tristes días de la expatriación. Sí, los tres años de martirio que pasó nuestro padre me parecen los más amables, los más fructuosos de nuestra vida; no los cambiaría por los más sublimes éxtasis; por esto, en presencia de tan inestimable tesoro, exclama mi corazón lleno de agradecimiento: “Bendito seáis, Dios mío, por esos años de gracias que pasamos en el dolor”.
¡Amadísima Madre mía, cuán preciosa y dulce fue nuestra amarguísima cruz, pues nuestros corazones sólo suspiraban de amor y agradecimiento! No andábamos ya, sino que corríamos, volábamos por las sendas de la perfección.
Leonia y Celina no pertenecían ya al mundo, a pesar de vivir en él. Las cartas que nos escribían en aquella época están impregnadas de admirable resignación. ¡Qué ratos de locutorio pasaba yo con mi Celina! Las rejas del Carmen, en vez de separarnos, nos unían más estrechamente. Los mismos pensamientos, los mismos deseos, el mismo amor a Jesús y a las almas nos animaban. Jamás se mezclaba en nuestra conversación una sola palabra de las cosas de la tierra. Como antes en los Buissonnets, perdíase, no ya nuestra vista, sino nuestro corazón, más allá de los espacios y del tiempo; y aquí, en la tierra, nos acogíamos al sufrimiento y al menosprecio para gozar muy pronto de la felicidad eterna.
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