Capítulo 7
Historia de un alma · Santa Teresita del Niño Jesús
La entrada en el Carmelo
Tramo 1 de 14
El lunes 9 de abril de 1888 fue elegido para mi entrada. En ese día se celebraba en el Carmelo la fiesta de la Anunciación, trasladada por causa de la Cuaresma. La víspera nos hallábamos todos reunidos en la mesa de familia en donde había de sentarme por última vez. ¡Qué desgarradoras son esas despedidas! En aquellos momentos, en los que desearía uno verse olvidado de todo el mundo, es cuando salen de todos los labios las más tiernas palabras, como para hacer sentir con mayor fuerza el sacrificio de la separación.
Por la mañana, después de haber contemplado por última vez los Buissonnets, aquel gracioso nido de mi infancia, me encaminó al Carmen. Rodeada como la víspera de todos mis parientes, asistí a la Santa Misa. Cuando Jesús bajó a los corazones en el momento de la comunión, no oí más que sollozos a mi alrededor. Yo no derramé lágrimas, pero mi corazón latía con tal violencia al dirigirme a la puerta de la clausura, que me preguntaba si no iba a morirme. ¡Ah, qué momento aquel! ¡Qué agonía!, es necesario haber pasado por ella para comprenderla.
Abracé a todos los míos y me puse de rodillas ante mi padre, quien me bendijo llorando. Debieron sonreír los ángeles al espectáculo de aquel anciano ofreciendo al Señor su hija todavía en la primavera de la vida. Se cerraron por fin las puertas del Carmen detrás de mí... y allí recibí los abrazos de las hermanas queridas que me habían hecho de madre, y los de una nueva familia cuya ternura y abnegación ni siquiera sospechaba el mundo.
Por fin se habían realizado mis deseos; inundaba mi alma paz tan dulce y profunda, que me sería imposible expresarla. Desde hace ya ocho años y medio esta paz íntima es mi herencia; no me ha abandonado ni aun en medio de las mayores pruebas.
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