Santos Apóstoles · Kindle

Capítulo 7

Historia de un alma · Santa Teresita del Niño Jesús

La entrada en el Carmelo

Tramo 3 de 14

Letra pequeñaMedianaGrande

Durante el tiempo de mi postulantado, me enviaba nuestra Madre, cada tarde a las cuatro y media, a escardar el jardín; esto me costaba muchísimo, tanto más cuanto tenía la seguridad de encontrar en el camino a la Madre María de Gonzaga. En una de esas ocasiones, me dijo: ¡Pero, Señor, si esta niña no hace absolutamente nada! ¿Qué puede esperarse de una novicia a la que es preciso enviar a paseo cada día? Y en todas las circunstancias obraba conmigo de esa manera.

¡Ay, amada Madre mía, cuántas gracias doy a Dios por la tan sólida y preciosa-educación que me ha sido dada! ¡Qué gracia inapreciable! ¿Qué hubiera sido de mí, si, como creían los seglares, hubiera sido yo la niña mimada de la Comunidad? Tal vez en lugar de ver a Nuestro Señor en mis superiores, hubiera considerado solamente la criatura, y mi corazón, tan bien guardado en el mundo, se hubiera apagado humanamente en el claustro. Por fortuna, me vi preservada de esta verdadera desgracia.

Sí, puedo decirlo; no solamente por lo que acabo de relatar, sino por otros sufrimientos aún más sensibles, el dolor me salió al encuentro a mi entrada en el Convento, y lo abracé con amor. Vine al Carmen, según declaré en el solemne examen que precedió a mi profesión, para salvar almas, y sobre todo, para rogar por los sacerdotes. Cuando se persigue un fin, necesario es poner los medios para alcanzarlo, y habiéndome dado a entender Dios Nuestro Señor que, en cambio de la cruz me concedería muchas almas, cuanto más se multiplicaban estas cruces, mayor era mi deseo de padecer. Durante cinco años caminé por esta senda, pero únicamente yo lo sabía. Esta es cabalmente la flor ignorada que deseaba ofrecer a Jesús, flor cuyo aroma no se exhala sino en dirección del cielo.

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