Capítulo 7
Historia de un alma · Santa Teresita del Niño Jesús
La entrada en el Carmelo
Tramo 4 de 14
A los dos meses de mi entrada en el claustro, el Reverendo Padre Pichón! quedó verdaderamente sorprendido de la acción de Dios en mi alma; pero creía que mi fervor era enteramente infantil y muy suave el camino que seguía. Mi entrevista con aquel buen Padre me hubiera servido de gran consuelo, de no ser tan excesiva la dificultad que tenía en franquearme a cualquiera. A pesar de ello, hice con él mi confesión general, después de la cual me dijo estas palabras: En presencia de Dios, de la Virgen Santísima, de los ángeles y de todos los santos, declaro que jamás ha cometido usted un pecado mortal; agradezca al Señor lo que le ha concedido gratuitamente, sin mérito alguno de su parte.
¡Sin mérito alguno de mi parte; ¡Ah, no me costaba creerlo! Sabía lo muy débil e imperfecta que era, y rebosaba de gratitud mi corazón. Hasta aquel día había vivido atormentada con el temor de haber manchado la blanca vestidura de mi inocencia bautismal; pero aquella afirmación salida de los labios de un director tal como lo deseaba nuestra Madre Santa Teresa, es decir: “que juntase la ciencia y la virtud”, me parecía venir del mismo Dios. Me dijo también aquel buen Padre: Hija mía, sea siempre Nuestro Señor su propio Superior y Maestro de Novicios. Lo fue, en efecto, y también mi Director. No quiero decir con esto que cerrase mi alma a mis superiores; por el contrario, lejos de ocultarles mis disposiciones, he procurado ser siempre para ellos un libro abierto.
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