Santos Apóstoles · Kindle

Capítulo 8

Historia de un alma · Santa Teresita del Niño Jesús

La profesión religiosa

Tramo 10 de 19

Letra pequeñaMedianaGrande

Una mañana, al despertar, tuve el presentimiento de que Sor Magdalena había dejado de existir. El dormitorio? estaba sumido en la más completa oscuridad; nadie salía de las celdas. Me decidí a entrar en la de Sor Magdalena, y en efecto, la encontré vestida y acostada en su jergón, con la rigidez de la muerte. No me causó ningún temor; corrí a la sacristía y traje al punto un cirio y le coloqué en la cabeza una corona de rosas. En medio de aquel desamparo sentía la mano de Dios, su Corazón que velaba por nosotras.

Con la mayor tranquilidad dejaban esta vida nuestras queridas hermanas; iluminando su rostro una alegría celestial, parecían descansar en suavísimo sueño.

Durante aquéllas largas semanas de aflicción, tuve el inefable consuelo de comulgar diariamente. ¡Qué felicidad tan grande! Jesús me prodigó sus mimos durante largo tiempo, más tiempo que a sus fieles esposas, porque después de la epidemia, continuó dándose a mí varios meses, sin que la Comunidad compartiera mi dicha. No había pedido yo tal excepción; pero muy dichosa estaba de unirme cada día a mi Amado.

Dichosa estaba también de poder tocar los vasos sagrados y de preparar los lienzos destinados a recibir a Jesús. Comprendí que había de ser muy fervorosa y recordaba a menudo estas palabras dirigidas a un santo diácono: “Sed santos, vosotros que tocáis los vasos del Señor”.

¿Qué le diré, Madre mía, de mis acciones de gracias en aquel tiempo y siempre? Es este el momento en que menos consuelo recibo. ¿Y no es esto muy natural, puesto que no deseo la visita de Nuestro Señor para satisfacción mía sino únicamente para que El goce?

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