Capítulo 8
Historia de un alma · Santa Teresita del Niño Jesús
La profesión religiosa
Tramo 6 de 19
En el año que siguió a mi profesión, recibí grandes gracias durante los Santos Ejercicios de Comunidad. Ordinariamente los Ejercicios Espirituales predicados me son muy penosos, pero aquella vez me ocurrió todo lo contrario. Me preparé por medio de una fervorosa novena; ¡tanto creí que iba a padecer! Me habían dicho que el R. P., servía mas bien para convertir pecadores que para hacer progresar a las almas religiosas. Soy, pues, una gran pecadora, puesto que Dios se sirvió de aquel santo religioso para consolarme.
Me afligían entonces toda clase de penas interiores, que me sentí incapaz de declarar, y he aquí que mi alma se dilató perfectamente; fui entendida de un modo maravilloso y hasta adivinada. Lanzóme el Padre a velas desplegadas por las olas de la confianza y del amor, que tanto me atraían sin soñar yo avanzar por ellas. Me dijo que mis faltas no apenaban a Dios. En este instante ocupó su lugar; añadió: pues bien, le aseguro en su nombre que está muy satisfecho del alma de usted. ¡Oh qué dicha tan grande fue la mía al oír tan consoladoras palabras! Jamás había oído decir que las faltas pudieran no apenar a Dios. Esta seguridad me colmó de gozo y me hizo soportar con paciencia el destierro de la vida. Tal era, por otra parte, el eco de mis pensamientos íntimos.
Sí; creía hacía ya mucho tiempo que el Señor es más tierno que una madre, y conozco a fondo más de un corazón de madre; sé que una madre está siempre dispuesta a perdonar las pequeñas desatenciones involuntarias de su hijo. ¡Cuántos dulces experimentos he hecho de ello! Ningún reproche me hubiera hecho tanto efecto como una sola de vuestras caricias, pues soy de un genio tal, que el temor me hace retroceder, mientras que con el amor, no sólo adelanto, sino que vuelo. —
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