Capítulo 8
Historia de un alma · Santa Teresita del Niño Jesús
La profesión religiosa
Tramo 12 de 19
¡Ay, Madre mía, cuántos motivos para ser agradecida a Dios! Voy a hacerle otra ingenua confidencia: el Señor me mostró la misma misericordia que al rey Salomón; colmó todos mis deseos; no sólo los de perfección, sino también aquellos cuya vanidad comprendía sin haberla experimentado. Habiendo mirado siempre a Vuestra Reverencia como mi modelo, quise asemejármele en todo; por esto, al ver que pintaba preciosas miniaturas y componía hermosas poesías, pensé que sería grande mi dicha si pudiera también pintar, expresar mis pensamientos en verso, y hacer el bien en torno mío. Pero no hubiera querido pedir aquellos dones naturales, y mis deseos quedaban ocultos en el fondo de mi corazón.
Jesús, que vivía también escondido en este pobre corazoncito, se complació en mostrarle una vez más la nada de todas las cosas pasajeras. Con gran extrañeza de la Comunidad, llevé a buen término varias obras de pintura, compuse poesías y tuve la dicha de hacer bien a algunas almas. Y así como Salomón, “al considerar las obras de sus manos, en las que había empleado trabajo tan penoso e inútil, vio que todo es vanidad y aflicción de espíritu bajo el sol” supe por experiencia que la única felicidad que existe para el hombre en la tierra consiste en ocultarse, en permanecer en completa ignorancia de las cosas creadas. Comprendía que sin amor, todas las obras, aun las más extraordinarias, no son más que nada; y esos dones que me ha prodigado el Señor, en vez de dañarme y herir mi alma, me llevan hacia El; sí, veo que El sólo es inmutable, el único capaz de colmar mis inmensos deseos.
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