Capítulo 9
Historia de un alma · Santa Teresita del Niño Jesús
La prueba de la fe
Tramo 17 de 26
¡Oh, Jesús mío!, sé que no mandáis nada imposible; conocéis mejor que yo mi debilidad e imperfección, sabéis que jamás llegaré a amar a mis hermanas como Vos las amáis; si Vos mismo, Salvador mío, no seguís amándolas en mí, es porque habéis dispuesto otorgarme esta gracia, habéis instituido este nuevo mandamiento. ¡Oh, cuánto le amo!, pues da la seguridad de que vuestra voluntad es la de amar en mía todos aquellos a quienes me ordenáis amar.
Sí, lo siento cuando soy caritativa; Jesús es quien sólo obra en mí; cuanto más unida estoy a El, mayor es el amor que tengo a mis hermanas, y si quiero fomentar este amor en mi corazón,e intenta el demonio ponerme ante los ojos los defectos de tal o cual hermana, me apresuro a buscar sus virtudes y sus buenos deseos; pienso que si la vi caer una vez puede muy bien haber ganado numerosas victorias que oculta por humildad, y que lo que a mí me parece una falta, quizá sea un acto de virtud, por causa de la intención. Me cuesta tanto menos cuanto que lo experimenté por mí misma.
Cierto día, durante el recreo, compareció la portera en busca de alguna hermana para un trabajo particular que señaló; yo, que con infantil deseo anhelaba ocuparme en tal quehacer, fui cabalmente la elegida. Empecé entonces a doblar nuestra labor, pero con bastante calma, para darle tiempo a mi vecina a doblarla suya antes que yo, pues sabía que le ocasionaría una satisfacción dejándola substituirme.
Al ver mi poca prontitud, exclamó riendo la hermana que había solicitado la ayuda: ¡Ya me figuraba yo que vuestra Caridad no podría añadir esta perla a su corona! Váis con demasiada lentitud. Y toda la Comunidad creyó que yo había obrado por impulso tan sólo natural.
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