Capítulo 9
Historia de un alma · Santa Teresita del Niño Jesús
La prueba de la fe
Tramo 4 de 26
Mas no crea Vuestra Reverencia, Madre mía, que su hija desea dejarla, estimando como gracia mayor morir en la aurora que en el ocaso del día; lo que estima, lo que únicamente desea es agradar a Jesús. Ahora que parece acercársele y atraerla a la mansión de la gloria, se regocija su corazón; sabe, comprende que Dios no necesita de nadie, y mucho menos de ella, para esparcir sus dones por la tierra.
Entre tanto, mi venerada Madre, sé cuál es su voluntad; desea Vuestra Reverencia que desempeñe a su lado un oficio muy dulce y bien fácil; mas este encargo lo terminaré desde lo alto del cielo. Me ha dicho Vuestra Reverencia, como Jesús a san Pedro: “ Apacienta mis corderos”. Pero, al verme tan pequeña, me ha asustado la empresa, por lo que le he suplicado que Vuestra Reverencia misma haga pacer sus corderitos, y me cuente por favor entre ellos.
Accediendo un tanto a mi justo deseo me ha nombrado más bien que maestra de ellas, su primera compañera, ordenándome, con todo, que las conduzca a los más fértiles y sombreados pastos, les indique las mejores y más fortificantes hierbas, y les señale con cuidado las brillantes pero venenosas flores, a las cuales no deben jamás llegarse si no es para pisotearlas.
¿Cómo no asustaron a Vuestra Reverencia, Madre mía, mi juventud y poca experiencia? ¿Cómo no teme que deje descarriar sus corderos? Al obrar de esta manera, quizá ha tenido presente que muchas veces se complace el Señor en otorgar la sabiduría a los más pequeños.
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