Capítulo 9
Historia de un alma · Santa Teresita del Niño Jesús
La prueba de la fe
Tramo 6 de 26
En la cuaresma pasada me sentía más fuerte que nunca; aquel vigor, a pesar del ayuno que observaba en todo su rigor, se mantuvo perfectamente hasta Pascua; mas el día de Viernes Santo, a primera hora, me dio Jesús la esperanza de ir pronto a reunirme con El en su hermoso cielo. ¡Qué dulce recuerdo!
El jueves por la noche no pude lograr que me permitiera velar hasta el amanecer ante el Monumento; a eso de medianoche me retiré a mi celda. Apenas puse la cabeza en la almohada, sentí que me subía a los labios una oleada hirviente; creí llegada mi última hora y mi corazón se partió de alegría. No obstante ello, como acababa de apagar la linternita, mortifiqué mi curiosidad hasta la mañana siguiente y me dormí con gran tranquilidad.
A las cinco, cuando me despertó la señal de levantarme, mi primer pensamiento fue que tenía que enterarme de la fausta noticia, lo que averigúé luego ser cierto acercándome a la ventana y viendo mi pañuelo lleno de sangre. ¡Oh, Madre mía, qué esperanza! Estaba íntimamente convencida de que aquel día, aniversario de su muerte, me hacía oír mi Amado un primer llamamiento, con dulce y lejano murmullo precursor de su feliz llegada.
Con gran fervor asistí a Prima, y luego al Capítulo. Ansiaba verme a los pies de mi Madre para confiarle mi felicidad. No sentía el menor cansancio, el menor sufrimiento, de modo que fácilmente obtuve permiso para terminar la Cuaresma como la había empezado, y aquel día de Viernes Santo compartí todas las austeridades del Carmen sin ninguna mitigación. ¡Ah, nunca me parecieron tan deliciosas esas austeridades!...
La esperanza de ir al cielo me enajenaba de gozo.
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