Capítulo 10
Historia de un alma · Santa Teresita del Niño Jesús
La caridad fraterna
Tramo 20 de 31
Hace mucho tiempo, Madre mía, que llevé a cabo este acto de virtud; a pesar de ello, el Señor me deja este recuerdo de él cual aroma y brisa del cielo. Una tarde de invierno, fría y oscura, cumplía yo el humilde oficio que acabo de relatar, cuando de pronto oía lo lejos el armonioso concierto de varios instrumentos de música. Representóseme un salón ricamente amueblado, alumbrado con brillantes luces, resplandeciente de dorados; en aquel salón, jóvenes elegantemente ataviados, recibían y prodigaban mil cumplidos mundanos. Volví luego mis ojos hacia la pobre enferma a la cual sostenía: en vez de aquella melodía suave, herían a intervalos mis oídos sus lamentos de queja: en vez de dorados, veía los toscos ladrillos de nuestro austero claustro, apenas alumbrado por una débil luz.
Este contraste impresionó dulcemente mi alma iluminándola el Señor con los rayos de la verdad, los cuales de tal manera superan al esplendor tenebroso de esa felicidad mundana, que no hubiera dado los diez minutos que empleaba en mi acto de caridad.
¡Ah!, si ya en medio del sufrimiento y del fragor del combate puede gozarse de semejantes delicias, pensando que Dios nos ha apartado del mundo, ¿qué no será en el cielo, cuando en medio de la gloria y del descanso eterno, veamos la gracia incomparable que nos ha hecho, escogiéndonos para habitar en su casa, verdadero pórtico de los cielos?
No siempre he practicado la caridad con esos transportes de alegría, pero al principio de mi vida religiosa quiso Jesús hacerme experimentar lo dulce que es verle en el alma de sus esposas; así es que cuando guiaba a la hermana San Pedro, lo hacía con tanto amor, que me hubiera sido imposible hacerlo mejor si acompañara al mismo Señor Nuestro.
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