Capítulo 10
Historia de un alma · Santa Teresita del Niño Jesús
La caridad fraterna
Tramo 9 de 31
Madre mía, en esto como en todo lo demás, necesariamente he de abrazar la abnegación y el sacrificio; así es que, por ejemplo, estoy convencida de que una carta no produciría fruto alguno mientras no la escriba con cierta repugnancia y por una obediencia. Cuando hablo con una novicia procuro mortificarme, evitando dirigirle preguntas que satisfarían mi curiosidad. Si después de haber comenzado a referirme algo interesante, pasa después a otro asunto que me fastidia, sin concluir lo primero, me abstengo cuidadosamente de advertirle esta interrupción, pues paréceme que no es posible hacer ningún bien buscándose una a sí misma.
Sé, Madre mía, que sus corderitos me tienen por severa... Si leyeran estas líneas, dirían que no parece me hubiese costado mucho correr tras ellos, mostrándoles su hermoso vellón manchado, o devolviéndoles algunos mechones de lana que dejaron enredados en las zarzas del camino. Dirán lo que quieran esos corderitos, pero en el fondo saben que los quiero con entrañable amor. No, no hay peligro de que imite “al mercenario que, viendo venir al lobo deja el rebaño y huye”. Estoy dispuesta a dar mi vida por ellos, y estan puro mi cariño que ni siquiera deseo que lo conozcan. Nunca jamás, con la gracia de Dios, he intentado atraerme sus corazones, sino que he comprendido que mi obligación era encaminarlos a Dios y a Vuestra Reverencia, Madre mía, que es aquí abajo el Dios visible a quien deben amar y respetar.
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