Capítulo 10
Historia de un alma · Santa Teresita del Niño Jesús
La caridad fraterna
Tramo 4 de 31
El Divino Maestro se sirvió por primera vez de su pincelillo hacia el 8 de diciembre de 1892; recordaré siempre aquella época como tiempo de gracias.
Al entrar en el Carmen, encontré en el noviciado una compañera que tenía ocho años más que yo; a pesar de la diferencia de edad, se entabló entre nosotras una verdadera intimidad. Con objeto de fomentar una amistad que parecía propicia para producir frutos de virtud, nos concedían algunos ratitos de conversación espiritual. Cautivábame mi querida compañera por su inocencia y su carácter franco y expansivo; pero me sorprendía ver que amaba a Vuestra Reverencia de muy distinto modo que yo; observaba también muchas cosas en su conducta, las cuales me parecían censurables. Mas Dios me daba ya a entender por entonces que hay almas a las que su misericordia no se cansa de aguardar y a las que va dando su luz por grados; por tanto, me guardé muy bien de pretender anticiparme a su hora.
Reflexionando un día sobre el permiso que se nos había concedido de platicar juntas, según dicen nuestras santas Constituciones “ para inflamarnos mutuamente más en el amor de nuestro divino Esposo”, pensé con tristeza que nuestras conversaciones no alcanzaban el fin deseado, y vi claramente que mi deber no era tener ya reparos en hablar o bien cesar aquellas pláticas que se asemejaban a las de las amigas del mundo. Supliqué a Nuestro Señor que pusiera en mis labios palabras suaves y convincentes, o mejor que hablara El mismo en mi lugar. Escuchó mi ruego, pues “los que vuelven sus miradas hacia El serán iluminados”. y “la luz brilla enlas tinieblas para todos los que tienen el corazón recto”. La primera cita me la aplicó a mí misma, y la segunda a mi compañera, que verdaderamente tenía el corazón recto.
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