Capítulo 10
Historia de un alma · Santa Teresita del Niño Jesús
La caridad fraterna
Tramo 17 de 31
Al contrario, las almas imperfectas están desatendidas, limitándose uno a usar con ellas la cortesía religiosa; pero por temor quizá a dirigirles alguna palabra desagradable, se evita su compañía. Al decir almas imperfectas, no me refiero solamente a las imperfecciones espirituales, puesto que aun los más santos no serán enteramente perfectos sino en el cielo; así, incluyo también la falta de criterio, de educación y lo quisquilloso de ciertos temperamentos: cosas éstas que no contribuyen a hacer la vida agradable. Me consta que estas enfermedades son crónicas, sin esperanza alguna de curación, pero sé también que mi Madre no dejaría de cuidarme y procurarme alivio aun cuando permaneciese enferma largos años.
He aquí la conclusión que saco de esto: Debo buscarla compañía de las hermanas con quienes no simpatizo según la naturaleza, y hacer con ellas el oficio del buen Samaritano. Una palabrita, una amable sonrisa basta a menudo para regocijar un alma triste y herida. Pero no quiero ser caritativa sólo por la esperanza de consolar; si persiguiera solamente este fin, pronto me desanimaría, porque muchas veces una palabra dicha con la mejor intención es pésimamente interpretada. De modo que, para no perder tiempo ni trabajo, procuro obrar únicamente para agradar a Nuestro Señor y responder a este consejo:
“Cuando des alguna comida o cena, no convides a tus amigos nia tus parientes, para que no suceda que a su vez te conviden ellos ati, y así quedes recompensado. Sino que has de convidar a los pobres, a los tullidos, a los cojos, y serás bienaventurado, porque no pueden corresponderte; pero te recompensará tu Padre que ve en lo oculto”.
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