Santos Apóstoles · Kindle

Capítulo 10

Historia de un alma · Santa Teresita del Niño Jesús

La caridad fraterna

Tramo 18 de 31

Letra pequeñaMedianaGrande

¿Qué otro festín podré yo ofrecer a mis hermanos sino es un festín espiritual compuesto de amable y alegre caridad? No, ningún otro se me ocurre, y quiero imitar a san Pablo que se alegraba con los que estaban alegres. Verdad es que lloraba también con los afligidos; las lágrimas han de figurar algunas veces en el festín que quiero servir; pero procuraré siempre trocarlas en sonrisas, puesto que “el Señor ama a los que dan con alegría”.

Recuerdo un acto de caridad que Dios me inspiró siendo aún novicia. El Padre Celestial, que ve lo secreto, me ha recompensado ya, sin esperar a la otra vida, este acto tan pequeñito en apariencia.

Antes de que la hermana San Pedro quedara del todo enferma y baldada, era menester que cada tarde a las seis menos diez, dejara una la oración para conducirla al refectorio. Me costaba mucho ofrecerme para hacer este servicio, pues no ignoraba la dificultad, o mejor, la imposibilidad de contentar a la pobre enferma; sin embargo de ello, no quería desperdiciar tan buena ocasión, recordando aquellas divinas palabras: “Lo que hagáis al más pequeño de los míos, es a Mí a quien lo hacéis”.

Me ofrecí, pues, muy humildemente a conducirla, y no sin trabajo logré que aceptara mis servicios. Puse manos a la obra con tan buena voluntad, que salí airosa de mi empresa. Cada noche, cuando la buena hermana agitaba su reloj de arena, sabía que me quería decir: ¡Vamos!

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