Capítulo 11
Historia de un alma · Santa Teresita del Niño Jesús
La confianza y el amor
Tramo 2 de 16
No crea V. C., que abunda en consuelos el alma mía. ¡Oh no! Mi consuelo es no tenerlo en la tierra. Sin mostrarse, sin dejar oír su voz, Jesús me instruye en secreto, y no por medio de los libros, pues no entiendo lo que leo. A veces sin embargo, una palabra como ésta, que he sacado esta tarde al final de la oración pasada en la sequedad, viene a consolarme: “He aquí el Maestro que te doy; El te enseñará todo lo que debes hacer. Quiero hacerte leer en el Libro de vida en el que se contiene la Ciencia de amor” ¡La ciencia de: amor! ¡Ah!, esta palabra resuena dulcemente en el oído de mi alma. Sólo esta ciencia deseo. Aunque por ella haya dado todas mis riquezas, como la esposa de los Cantares, lo reputo por nada.? De tal manera comprendo que sólo el amor es capaz de hacernos agradables a Dios, que es el único tesoro que ambiciono.
Jesús se complace en mostrarme el único camino que conduce a esa hoguera divina; ese camino es el del abandono de la creatura que se duerme sin temor en brazos de su padre. “Si alguno es pequeñuelo, que venga a mí”, ha dicho el Espíritu Santo por boca de Salomón; y ese mismo Espíritu de amor dijo también que con los pequeños usará de compasión. En su nombre, el profeta Isaías nos revela que en el último día “el Señor conducirá su rebaño a los pastos, que reunirá a los corderitos y los estrechará contra su seno”. Y como si no bastasen todas estas pruebas, el mismo profeta, cuya mirada llena de inspiración penetraba ya en las eternas profundidades, exclama en nombre del Señor: “Como una madre acaricia a su hijo, así os consolaré yo, os llevaré sobre mi seno y os meceré sobre mis rodillas”.
Último tramo abierto guardado si su navegador acepta cookies. También puede guardar esta página en favoritos.