Mateo 16, 13–20
Homilía LIV
«Se fue Jesús a la región de Cesárea de Filipo; y preguntaba a sus discípulos: ¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del hombre?»
La pregunta de Jesús
¿Por qué el evangelista, juntamente con el nombre de la ciudad puso el de su fundador? Porque hay otra ciudad, que se llama Cesárea de Estratón. Pero no es en ésta, sino en aquella otra en donde Jesús, habiendo llevado a sus discípulos lejos de los judíos, los interroga; a fin de que, libres de toda preocupación, con entera libertad y confianza, le digan lo que sienten.
Mas ¿por qué no les preguntó desde luego el propio parecer, sino el de la multitud? A fin de que, tras de exponer la opinión de los demás, luego, al ser preguntados: «Y vosotros ¿quién decís que soy yo?», por la forma misma de preguntarles se levantaran a más altos pensamientos y no se apegaran al vulgar conocimiento que tenía la multitud.
Por tal motivo tampoco les hizo la pregunta al principio de la predicación, sino una vez que ya había hecho muchos milagros, había disertado sobre muchos y sublimes dogmas y había dado pruebas de su divinidad y de su concordia con el Padre. Finalmente, ahora les propone la pregunta.
Y no les preguntó qué dicen de mí los escribas y los fariseos, aunque éstos con frecuencia se habían reunido para disputar con Él, sino que les pregunta: «¿Quién dicen los hombres que soy?», buscando así la opinión del pueblo que suele ser desinteresada. Pues aun cuando fuera muy inferior a la que convenía, no estaba imbuida en la perversidad, mientras que la de los fariseos redundaba de malicia y maldad.
Pedro, boca del grupo de los apóstoles
Luego, como ellos respondieran: «Unos que Juan Bautista, otros que Elías; otros que Jeremías u otro de los profetas», puesta ya en claro la falsa opinión del pueblo, Él continuó: «Y vosotros ¿quién decís que soy?». Los excitaba con esta segunda pregunta a pensar de Él algo más grande y les demostraba que las opiniones anteriores andaban muy lejos de su verdadera dignidad.
¿Qué respondió Pedro, el que era la boca del grupo de los apóstoles? Siempre fervoroso, corifeo del grupo, como se les preguntara a todos, respondió él. Cuando Cristo preguntó la opinión de las turbas, contestaron todos; pero ahora que les pregunta a ellos acerca de sí mismo, Pedro sale al punto, se adelanta a todos y dice: «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo».
¿Y qué le contestó Cristo? «Bienaventurado eres, Simón Bar Joná, porque no es la carne ni la sangre quien esto te ha revelado». Ciertamente, si Pedro no lo hubiera confesado como engendrado del Padre, no habría sido necesaria una revelación. Si lo hubiera juzgado como otro hombre, no habría sido digno de que se le llamara bienaventurado.
Porque ya anteriormente los que estaban con Jesús en la nave cuando la tempestad decían: «En verdad, éste es hijo de Dios». Mas aunque decían verdad, no se les llamó bienaventurados; porque no dieron a la palabra Hijo el sentido que le dio Pedro y con que lo confesó, sino que lo juzgaron como hijo de Dios, pero como uno de los muchos hijos, eximio en verdad, pero uno entre muchos y no de la misma sustancia que el Padre.
El Padre revela al Hijo
Tal es el motivo de que Cristo a los otros nunca les haya dicho nada semejante; mientras que en el caso presente incluso declaró quién era el que hacía la revelación. Para que no fueran muchos a creer que Pedro había pronunciado palabras de amor y adulación, llevado del fervor de su cariño y por simple afecto y favor, Cristo declara quién fue el que le inspiró lo que dijo; y para que entiendas que Pedro pronunció las palabras, pero fue el Padre quien se las dictó; y para que no creyeras que la sentencia era una simple opinión humana, sino un verdadero dogma divino.
Mas ¿por qué no habla el mismo Jesús, ni dice: «Yo soy el Cristo»? ¿Sino que por medio de preguntas va preparando todo, y así induce a los discípulos a proferir semejante confesión? Porque esto era para Él más congruente y para ellos más necesario, de modo que así los atraía a dar mejor fe a lo que se decía.
¿Adviertes en qué forma el Padre revela al Hijo y el Hijo revela al Padre? Dice el mismo Cristo: «Nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo lo quisiere revelar». De modo que no podemos por otro camino conocer al Hijo sino por el Padre, ni al Padre sino por el Hijo. Por aquí se demuestra la igualdad de honor que se les debe y su consustancialidad.
La roca y la Iglesia
¿Y qué dice Cristo? «Tú eres Simón, hijo de Jonás; tú te llamarás Cefas». Como si le dijera: pues tú has predicado a mi Padre, yo predicaré el nombre del que a ti te engendró. Es decir: así como tú eres hijo de Jonás, así soy yo Hijo de mi Padre.
«Y yo te digo que tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia»; es decir, sobre esta confesión de fe. Con esto declara que muchos creerán, y así levanta los ánimos y juntamente a Pedro lo constituye pastor. «Y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella». Como si dijera: si no prevalecerán contra ella, mucho menos prevalecerán contra mí. De manera que no te turbes cuando oigas que he sido entregado y crucificado.
Las llaves del Reino
Enseguida proclama otro honor de Pedro: «Yo te daré las llaves del Reino de los cielos». ¿Qué significa esto? Que así como mi Padre te dio que me conocieras, así yo te daré. Y no dijo: «Yo rogaré a mi Padre», aunque ya eso fuera una gran demostración de poder y don inefable de grandeza; sino dijo: «Yo te daré».
Yo pregunto: ¿qué le darás? Las llaves del Reino de los cielos; y cuanto atares en la tierra será atado en los cielos; y cuanto desatares en la tierra será desatado en el cielo.
¿Adviertes cómo levanta a Pedro a un mayor conocimiento suyo, se le revela a sí mismo y mediante ambas promesas se le muestra Hijo de Dios? Porque lo que es exclusivo de Dios —perdonar los pecados, hacer inconmovible a la Iglesia en tan encontrados embates de las olas y hacer a un pescador más firme que una roca mientras el orbe todo lo acomete—, esto Él promete a Pedro que se lo dará.
Con la diferencia de que a Jeremías se le concedió para una sola nación, mientras que a Pedro para todo el orbe de la tierra. El Padre dio a Pedro la revelación del Hijo; pero el Hijo dio a Pedro el enseñar y publicar por todo el orbe el conocimiento del Padre y del Hijo; y aunque era Pedro hombre mortal, le confirió plena potestad en el cielo al entregarle las llaves a él, que extendió la Iglesia por toda la tierra y la demostró más firme que los mismos cielos.
Pues dice Cristo: «El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán». ¿Cómo, pues, será menor que el Padre quien tales potestades otorga y tales cosas obró? Y no digo esto separando las obras del Padre de las del Hijo, pues «todas las cosas fueron hechas por Él y sin Él nada fue hecho», sino para reprimir la lengua de los que se atreven a disminuir la dignidad del Hijo.
El poder de Cristo y el tiempo del anuncio
Tú advierte, por todo lo dicho, el poder de Cristo: «Yo te digo: tú eres Pedro; yo edificaré mi Iglesia; yo te daré las llaves del Reino de los cielos».
Y enseguida, tras de haber dicho eso, les ordenó que a nadie dijeran que Él era el Cristo. ¿Por qué lo ordenó? Con el objeto de que, una vez removidos los escándalos y consumada su crucifixión y sus demás padecimientos, y no habiendo ya nada que perturbara o impidiera la fe en Él, se imprimiera en los ánimos de los oyentes acerca de Él una creencia sincera e inconmovible.
Porque aún no había brillado su virtud en todo su esplendor. Deseaba que ellos la predicaran cuando la manifiesta verdad de las cosas y la fuerza grande de los hechos sirvieran de apoyo a la predicación. No era lo mismo verlo en Palestina ahora obrando milagros, ahora rechazado e injuriado, sobre todo teniendo que venir después de los milagros la cruz, que verlo cuando ya la tierra entera lo adorara y floreciera la fe en Él.
Lo que una vez echó raíces, si se arranca, difícilmente puede de nuevo plantarse y arraigar entre muchos; pero lo que una vez ya plantado permanece sin que se le remueva, fácilmente, sin causar a nadie molestias, brota y con mayor aumento crece.
