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Homilía diaria

Evangelio · comentario pastoral · oración

Volver a Homilía diariaXXV Domingo del Tiempo Ordinario

La bondad de Dios no se mide con nuestro reloj

El dueño de la viña sale hasta la última hora. Su generosidad no rebaja la justicia: revela que la salvación es don y que nadie debe ser considerado demasiado tarde para la llamada.

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El dueño de la viña paga a los trabajadores reunidos al final del día
Los obreros de la viñaRembrandt concentra la luz en la mesa del pago. El trabajo ocurrió fuera del cuadro; aquí se revela el corazón del dueño. Los rostros se acercan desde la penumbra y la escena pregunta al espectador desde dónde mira: desde la alegría del recibido o desde la comparación del que calcula.Rembrandt van Rijn, 1637 · Parábola de los obreros de la viña · dominio público

Evangelio del día

Mateo 19, 30—20, 16

El dueño de la viña sale hasta la última hora. Su generosidad no rebaja la justicia: revela que la salvación es don y que nadie debe ser considerado demasiado tarde para la llamada.

Leccionario del día

La mesa de la Palabra.

  1. Primera lecturaIsaías 55, 6-9
  2. SalmoSalmo 144, 2-3. 8-9. 17-18
  3. Segunda lecturaFilipenses 1, 20-26
  4. EvangelioMateo 19, 30—20, 16

La Palabra

Mateo 19, 30—20, 16

30 «Pero muchos primeros serán últimos y muchos últimos, primeros.»

1 «En efecto, el Reino de los Cielos es semejante a un propietario que salió a primera hora de la mañana a contratar obreros para su viña. 2 Habiéndose ajustado con los obreros en un denario al día, los envió a su viña.

3 Salió luego hacia la hora tercia y al ver a otros que estaban en la plaza parados, 4 les dijo: “Id también vosotros a mi viña, y os daré lo que sea justo.” 5 Y ellos fueron. Volvió a salir a la hora sexta y a la nona e hizo lo mismo.

6 Todavía salió a eso de la hora undécima y, al encontrar a otros que estaban allí, les dice: “¿Por qué estáis aquí todo el día parados?” 7 Dícenle: “Es que nadie nos ha contratado.” Díceles: “Id también vosotros a la viña.”

8 Al atardecer, dice el dueño de la viña a su administrador: “Llama a los obreros y págales el jornal, empezando por los últimos hasta los primeros.”

9 Vinieron, pues, los de la hora undécima y cobraron un denario cada uno. 10 Al venir los primeros pensaron que cobrarían más, pero ellos también cobraron un denario cada uno. 11 Y al cobrarlo, murmuraban contra el propietario, 12 diciendo: “Estos últimos no han trabajado más que una hora, y les pagas como a nosotros, que hemos aguantado el peso del día y el calor.”

13 Pero él contestó a uno de ellos: “Amigo, no te hago ninguna injusticia. ¿No te ajustaste conmigo en un denario? 14 Pues toma lo tuyo y vete. Por mi parte, quiero dar a este último lo mismo que a ti. 15 ¿Es que no puedo hacer con lo mío lo que quiero? ¿O va a ser tu ojo malo porque yo soy bueno?”

16 Así, los últimos serán primeros y los primeros, últimos.»

Texto: Biblia de Jerusalén · edición de 1976

Comentario pastoral

La bondad de Dios no se mide con nuestro reloj

Dios sigue saliendo

El protagonista no permanece esperando en su propiedad. Sale al amanecer, a media mañana, al mediodía, por la tarde y cuando casi termina la jornada. El Reino comienza con un Dios que busca.

Los últimos explican: «Nadie nos ha contratado». La parábola no dice que fueran perezosos. Quizá nadie los escogió porque parecían menos fuertes, eran forasteros o llegaron cuando ya no había esperanza. El dueño no les pide justificar toda su historia. Les ofrece pertenencia y tarea.

San Agustín leyó las horas como edades de la vida. Algunos son llamados desde la infancia y otros al final. Nadie debe desesperar por llegar tarde; nadie debe usar la antigüedad de su servicio para mirar desde arriba.

El denario de la comunión

El pago igual no afirma que todo esfuerzo humano tenga idéntico valor económico. Jesús no diseña aquí un contrato laboral. Revela la salvación, que no puede dividirse en porciones mayores o menores. El denario es participar en la vida de Dios.

Santo Tomás insiste en que la gracia es don. Nuestras obras, movidas por ella, son reales y preciosas, pero no convierten a Dios en deudor. La fe obra por la caridad; nunca se vuelve salario que permita despreciar al recién llegado.

La mirada enferma por comparación

Los primeros reciben exactamente lo acordado. Su tristeza nace cuando ven la generosidad ofrecida a otros. Han soportado el calor, pero la comparación les impide disfrutar el bien recibido.

Esa enfermedad puede entrar en la vida parroquial. «Yo llevo tantos años», «yo trabajé más», «a mí nadie me agradeció». La memoria del servicio, si se separa de la amistad con el Dueño, puede convertirse en contabilidad amarga.

El propietario llama «amigo» al que protesta. Incluso la corrección conserva cercanía. Le pregunta si su ojo se volvió malo porque él es bueno. El problema no está en la bondad de Dios, sino en una mirada que interpreta el bien ajeno como pérdida propia.

La hora undécima

Hay personas que se sienten demasiado tarde: un adulto que nunca aprendió a rezar, alguien que vuelve después de una vida desordenada, una familia que intenta reconciliarse o un enfermo que apenas ahora pregunta por Dios. El Evangelio prohíbe cerrarles la viña.

También cada jornada tiene una hora undécima. Aunque hayamos perdido tiempo, todavía podemos realizar un acto de amor antes de dormir. No será excusa para postergar deliberadamente, sino confianza para no abandonar el bien por vergüenza.

Alegrarse con el salario del otro

La madurez espiritual se reconoce cuando la gracia ajena produce alegría. Podemos agradecer una vocación nueva, una persona que regresa o un ministerio que florece aunque no lleve nuestro nombre.

Al final de la misa, todos reciben al mismo Cristo. Quien llegó hace décadas y quien acaba de volver abren las mismas manos. En esa igualdad no se borra ninguna historia; todas son recogidas dentro de una bondad mayor que nuestro reloj.

Hoy el Dueño vuelve a salir. Tal vez nos encuentra cansados en la viña o inmóviles en la plaza. A unos les dice «continúa sin comparar»; a otros, «todavía hay lugar». La respuesta es la misma: entrar con gratitud en la alegría de su generosidad.

Una parábola sobre el dueño antes que sobre los obreros

Solemos entrar en el relato comparando jornadas y salarios. Jesús dirige primero la mirada hacia el propietario que sale repetidas veces. La viña le importa y también le importan quienes permanecen sin trabajo. Su movimiento organiza el día: sale al amanecer, a media mañana, al mediodía, a media tarde y casi al final.

Dios no se cansa de buscar. Cada salida afirma que todavía hay lugar y tarea. La hora tardía no vuelve inútil a una persona. Mientras el día no termine, la llamada puede crear un comienzo.

San Agustín y las horas de la vida

San Agustín interpreta las horas como etapas de la existencia. Algunos son llamados desde la infancia, otros en la juventud, la madurez o la vejez. La diferencia de tiempo no modifica el don final de pertenecer a Cristo.

Esta lectura tiene una resonancia autobiográfica. Agustín conoció una llamada escuchada durante años antes de entregarse. Su conversión no le permitió despreciar a quien llegara después. La memoria de su propia demora se volvió alabanza de la paciencia divina.

Para quien piensa que desperdició demasiado tiempo, la parábola abre una puerta. Dios no llama para humillar con el reloj. Da una tarea presente. La pregunta decisiva no es por qué no llegaste antes, sino si entrarás ahora.

«Nadie nos ha contratado»

La respuesta de los últimos contiene una tristeza social. Quizá habían sido ignorados porque parecían menos fuertes, tenían otra procedencia o nadie quiso asumir el riesgo de recibirlos. El dueño no desarrolla un interrogatorio. Los incorpora.

Esta frase ayuda a mirar a personas que permanecen al margen de nuestras comunidades. A veces no falta deseo; falta una invitación concreta, una explicación paciente o alguien que confíe una responsabilidad. Decir que la viña está abierta exige salir a buscar.

El trabajo como pertenencia

Los últimos reciben más que un salario. Reciben la posibilidad de formar parte de la jornada. La vocación cristiana no es ocio espiritual. La gracia nos incorpora a una obra: cultivar, cuidar, cosechar y compartir.

Cada bautizado tiene algo que realizar. No todos cumplen la misma función ni poseen igual fuerza. Una comunidad que solo utiliza a quienes ya saben hacer todo contradice la pedagogía del dueño. También hay que formar, acompañar y permitir comienzos modestos.

Santo Tomás y la gratuidad de la gracia

Santo Tomás enseña que la gracia es un don que supera toda exigencia natural. Las obras realizadas bajo su impulso tienen valor verdadero, pero no transforman a Dios en deudor. Incluso nuestra cooperación es sostenida por lo que hemos recibido.

Esta doctrina libera. Permite trabajar con seriedad sin convertir el servicio en título de superioridad. El mérito cristiano no es independencia frente a Dios; es la dignidad que Él concede a sus hijos al hacerlos cooperadores.

El denario y la comunión

Todos reciben un denario. Los Padres han visto allí la vida eterna, la comunión con Dios que no puede dividirse en porciones de mayor o menor posesión. Quien recibe al Señor lo recibe entero.

La igualdad del don no elimina la singularidad de cada historia. El obrero de la primera hora ofrece una fidelidad larga; el de la última muestra la potencia de una misericordia tardía. En el Reino, ambos testimonios pueden alegrarse mutuamente.

El cansancio que se vuelve comparación

Los primeros han soportado el peso del día y el calor. Su trabajo es real. El conflicto nace cuando miran al otro y reinterpretan su propia jornada como agravio. Ya no ven el denario acordado ni la dignidad de haber estado en la viña. La comparación les roba el sentido del bien recibido.

También un servicio eclesial prolongado puede amargarse si se convierte en cuenta pendiente. Aparece la frase interior: después de todo lo que hice, merezco más reconocimiento. El cansancio necesita descanso y cuidado; si no se ofrece a Dios, puede transformarse en derecho a menospreciar.

«Amigo, no te hago ninguna injusticia»

El dueño llama amigo al que protesta. Corrige sin expulsar. La palabra conserva una posibilidad de comunión. Le recuerda el acuerdo y luego toca el centro del problema: ¿tu ojo es malo porque yo soy bueno?

La bondad ajena puede revelar nuestra envidia. El éxito, la reconciliación o la oportunidad recibida por otro parecen disminuirnos. El Evangelio enseña que la gracia no es un recurso escaso. La misericordia concedida a un hermano no vacía la que Dios tiene para nosotros.

Aprender la alegría del Padre

Madurar espiritualmente es aprender a celebrar que alguien haya sido encontrado a la última hora. Esto requiere una mirada pascual: preferir una vida recuperada antes que la confirmación de nuestra ventaja.

Podemos practicar esa alegría nombrando el bien ajeno, dando la bienvenida a quien vuelve y evitando recordarle constantemente su retraso. La comunidad se convierte así en signo del dueño que sale.

Rembrandt y la amplitud de la viña

La pintura de los obreros sitúa muchas figuras dentro de un mismo espacio de trabajo. Los cuerpos, las herramientas y la luz muestran que la viña necesita colaboración. Ninguna figura resume por sí sola la obra.

Contemplarla permite agradecer a quienes llegaron antes y abrieron camino, sin usar esa antigüedad para cerrar la entrada. La tradición viva recibe herencia y ofrece lugar. Quien ha trabajado más tiempo puede convertirse en hermano mayor que enseña, no en vigilante que impide.

La hora que es ahora

No sabemos qué hora representa nuestra vida. Para Dios, la hora presente sigue siendo llamada. Si estamos desde el amanecer, pide trabajar sin llevar una contabilidad amarga. Si llegamos tarde, pide entrar sin quedar paralizados por la vergüenza.

Al caer la tarde, el denario será recibido como don. Ojalá podamos reconocer en los rostros de todos la alegría del propietario. Su bondad no niega la historia ni el esfuerzo. Los introduce en una comunión donde nadie necesita perder para que otro sea amado.

La gratitud de quienes llegaron al amanecer

Haber sido llamado temprano también es gracia. Significa haber conocido antes la viña, la compañía y el sentido del trabajo. El calor no borra ese privilegio.

Quien ha caminado más puede ofrecer memoria y experiencia a los recién llegados. Así la antigüedad se vuelve paternidad espiritual en vez de título. Enseña sin impedir y corrige sin recordar constantemente la hora tardía.

Los últimos, por su parte, pueden recibir sin vergüenza y trabajar con gratitud. No necesitan negar el retraso ni demostrar en una hora lo que otros hicieron en todo el día. El dueño conoce la historia.

La viña se vuelve hermosa cuando cada hora alaba la misma bondad. Pidamos ojos capaces de alegrarse con el denario del hermano y manos dispuestas a terminar juntos la cosecha.

Oremos

Oración final

Padre bueno, dueño de la viña, gracias porque sales a buscarnos a todas las horas. Cura la mirada que compara y convierte el servicio en mérito contra los demás. Sostén a quienes cargan el peso del día y llama con ternura a quienes creen haber llegado demasiado tarde. Danos alegría por la gracia concedida al hermano y manos abiertas para recibir el único denario de tu comunión. Amén.

La oración de la Iglesia

Continúa el día rezando la Liturgia de las Horas.

Salmos, himnos y lecturas para santificar cada momento de la jornada en comunión con toda la Iglesia.

Rezar la Liturgia de las Horas

En comunión y al servicio de nuestra comunidad

PárrocoParroquia de los Santos Apóstoles

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Palabra y tradición

Fuentes para seguir profundizando.

Las referencias se presentan separadas del comentario pastoral.