Santos Apóstoles · Kindle

Libro IV · Capítulo 16

Las confesiones · San Agustín de Hipona

Tramo 3 de 4

Letra pequeñaMedianaGrande

Mucho me alegraba con ellas, pero no sabía cuál era el origen de cuanto hay en ellas de cierto y verdadero. A la luz tenía vuelta la espalda y la cara a las cosas por ella iluminadas, por lo cual mi propio rostro, que veía iluminadas las cosas, no era él mismo iluminado. Todo lo que entendí sin mayor trabajo y sin maestro alguno acerca del arte de hablar y de disertar, sobre las dimensiones de las figuras, sobre la música y acerca de los números, lo entendí porque tú, Dios mío, me habías dado el don de un entendimiento vivaz y agudo para discutir; pero siendo dones tuyos no los usaba yo para tu alabanza. Por eso mis conocimientos me resultaban más que útiles, perniciosos. Me empeñé en conservar para mí la mejor parte de mi herencia y no te consagré a ti mis energías, sino que me marché lejos de tu presencia a una región remota para malbaratarlo todo con las meretrices de mis malos apetitos. ¿De qué podía servirme una cosa buena si la usaba mal? Pero de la dificultad con que tropezaban personas estudiosas e inteligentes para entender esas artes no me percataba yo sino cuando me ponía a explicárselas y el mejor de mis discípulos era el que con menor tardanza me podía seguir.

Último tramo abierto guardado si su navegador acepta cookies. También puede guardar esta página en favoritos.