Santos Apóstoles · Kindle

Libro V · Capítulo 10

Las confesiones · San Agustín de Hipona

Tramo 1 de 3

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1. De aquella enfermedad me hiciste volver a la vida y salvaste al hijo de tu sierva para que pudiera más tarde recibir otra salud mucho mejor y más cierta. Y en Roma me juntaba yo todavía con aquellos santos falsos y engañadores y no sólo con los simples oyentes de cuyo número formaba parte el dueño de la casa en que estuve enfermo, sino que también oía y servía a los elegidos. Todavía pensaba yo que no somos nosotros los que pecamos, sino que peca en nosotros no sé qué naturaleza distinta y mi soberbia sentía complacencia en no sentirse culpable ni confesarse tal cuando algo malo había yo hecho.

2. Porque todavía no habías tú puesto una guarda a mi boca ni puerta de comedimiento a mis labios para impedirme la palabra maliciosa y que mi corazón se excusara de los pecados junto con hombres obradores de la iniquidad (Sal 140 3-4); por eso seguía yo tratando con aquellos electos sin esperanza ya de aventajar en la secta, pues había determinado quedarme provisionalmente en ella mientras no diera con cosa mejor y su doctrina la retenía aún, pero cada vez con mayor tibieza y negligencia.

Me asaltó entonces la idea de que mucho más avisados habían sido aquellos filósofos que llamaban “académicos”, que tienen por necesario dudar de todo y sostienen que nada puede el hombre conocer con certeza. Esta era la idea corriente sobre ellos y yo lo pensé así, pues no conocía entonces su verdadera posición.

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