Libro V · Capítulo 14
Las confesiones · San Agustín de Hipona
Tramo 1 de 2
1. Me quedaba todavía una frívola desesperación al pensar que el camino hacia ti está cerrado al hombre y en esta disposición de ánimo no me preocupaba por aprender lo que él decía y sólo me fijaba en el modo cómo lo decía. Y sin embargo, llegaban a mi alma envueltas en las bellas palabras que apreciaba las grandes verdades que despreciaba y no podía yo disociarlas. Y mientras abría mi corazón para apreciar lo bien que enseñaba las cosas, me iba percatando muy poco a poco de cuán verdaderas eran las cosas que enseñaba. Gradualmente fui derivando a pensar que tales cosas eran aceptables.
Respecto a la fe católica pensaba antes que no era posible defenderla de las objeciones de los maniqueos; pero entonces creía ya que podía aceptarse sin imprudencia, máxime cuando tras de haber oído las explicaciones de Ambrosio una vez y otra y muchas más, me encontraba con que él resolvía satisfactoriamente algunos enigmas del Antiguo Testamento entendidos por mí hasta entonces de una manera estrictamente literal, que había matado mi espíritu.
2. Y así, con la exposición de muchos lugares de esos libros comenzaba yo a condenar la desesperación con que creía irresistibles a los que detestaban la Escritura y se burlaban de los profetas.
Y sin embargo, no por el hecho de que la fe católica tenía doctores y defensores que refutaban con abundancia y buena lógica las objeciones que le eran contrarias, me sentía yo obligado a tomar el camino de los católicos, pues pensaba que también las posturas contrarias tenían sus defensores y que había un equilibrio de fuerzas; la fe católica no me parecía vencida, pero tampoco todavía victoriosa.
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