Santos Apóstoles · Kindle

Libro VI · Capítulo 7

Las confesiones · San Agustín de Hipona

Tramo 1 de 3

Letra pequeñaMedianaGrande

1. De todas estas miserias nos lamentábamos juntos los que vivíamos unidos por el lazo de la amistad; pero con mayor familiaridad que con otros hablaba yo con Alipio y con Nebridio. Alipio era, como yo, de Tagaste, era un poco más joven que yo y sus padres eran de una familia importante de la ciudad. Él había sido alumno mío en nuestra ciudad natal y más tarde en Cartago. Me quería mucho porque le parecía yo bueno y docto y yo lo amaba a él por su buen natural y por una virtud que lo hacía señalarse no obstante su juventud. Pero la gran corrupción de costumbres de los cartagineses, en las cuales tanta importancia se daba a toda suerte de frivolidades, lo había absorbido con una insana afición por los juegos circenses. Mientras él se revolvía en aquella miseria tenía yo establecida ya mi escuela pública de Retórica, a la cual no asistía él a causa de ciertas diferencias que habían surgido entre su padre y yo. Bien comprobado tenía yo el pernicioso delirio que tenía él por los juegos del circo y yo sentía angustia de pensar que tan bellas esperanzas pudieran frustrarse en él, si acaso no estaban ya del todo frustradas. Pero no tenía manera de amonestarlo o de ejercer sobre él alguna presión para sacarlo de aquello, ni por el afecto de la amistad ni por el prestigio de mi magisterio.

Creía yo que él pensaba de mí lo mismo que su padre, pero en realidad no era así y por eso, pasando por encima de la voluntad de su padre, comenzó a saludarme y a visitar mi clase; escuchaba un poco y luego se marchaba. Ya para entonces se me había olvidado mi propósito de hablar con él para exhortarlo a no desperdiciar su buen ingenio con aquel ciego y turbulento amor por los espectáculos.

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