Libro VI · Capítulo 9
Las confesiones · San Agustín de Hipona
Tramo 1 de 3
1. El recuerdo de esta experiencia le quedó en la memoria como medicina para lo porvenir. Cuando ya asistía él a mis clases en Cartago sucedió que en cierta ocasión, a mediodía, ensayaba él en el foro lo que luego tenía que recitar, al modo como suelen hacerlo los estudiantes. Entonces permitiste tú que fuera aprehendido por los guardianes del foro como ladrón y pienso que tu motivo para permitirlo fue el de que un hombre que tan grande iba a ser en tiempos posteriores comenzara a aprender que un juez no siempre puede en un litigio juzgar con facilidad y que un hombre no ha de ser condenado por otro con temeraria credulidad.
Es el caso que cierto día se paseaba él sólo delante de los tribunales con su punzón y sus tablillas cuando un jovenzuelo de entre los estudiantes, que era un verdadero ladrón, entró sin ser visto por Alipio hasta los canceles de plomo que dominan la calle de los banqueros; llevaba escondida un hacha y con ella comenzó a cortar el plomo. Al oír el ruido de los golpes, los banqueros que estaban debajo comenzaron a agitarse y mandaron a los guardias con la orden de aprehender al que encontrasen. El ladronzuelo al oír las voces huyó rápidamente dejando olvidado su instrumento para que no lo pillaran con él en la mano.
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