Libro VII · Capítulo 2
Las confesiones · San Agustín de Hipona
Tramo 1 de 1
1. Suficiente para mí contra aquellos engañados engañadores, contra aquellos mudos locuaces (mudos porque en su boca no sonaba tu palabra) suficiente era, digo, aquel argumento que Nebridio solía proponer desde mucho antes, cuando vivíamos aún en Cartago y que tan grande impresión había causado en todos nosotros. Pues, ¿qué podía hacerte no sé qué gente salida de las tinieblas, que según los maniqueos era contraria a ti, si tú no quisieras pelear con ella? Pues si se dijera que en algo te podía hacer daño, tú serías violable y corruptible y si se dijera que ningún daño te podría hacer, no tendrías tú entonces el menor motivo para luchar con ella y por cierto, con un tipo de lucha en que una parte de ti o miembro tuyo, o prole nacida de tu misma sustancia se mezclara con las potencias adversas y con naturalezas no creadas por ti, que las corromperían mudándolas en algo inferior; con lo cual se trocaba la felicidad en miseria y quedaba una necesidad de auxilio y purificación. Y decían que nuestra alma no es sino esa parte de ti, manchada y miserable y que tu Verbo tenía que venir a socorrerla: el libre a la esclava, el puro a la manchada, el íntegro a la corrompida; pero siendo él mismo corruptible, pues era de la misma sustancia que ella.
2. Entonces: si de tu sustancia sea ella lo que fuere, se dice que es incorruptible, con esto sólo aparecen falsas y execrables las afirmaciones de los maniqueos y si se dice que es corruptible, al punto se ve claro que esto es falso y abominable. Este argumento de Nebridio era por sí solo suficiente para vomitar de los oprimidos corazones aquella falsa doctrina; pues no tenían sus doctores una salida que no fuera sacrilegio del corazón y de la lengua, cuando tales cosas decían de ti.
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