Libro IX · Capítulo 6
Las confesiones · San Agustín de Hipona
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14. Habiendo llegado el tiempo en que debía inscribirse mi nombre en el catálogo de los que estaban admitidos para recibir el Bautismo y se llamaban competentes, dejamos la quinta y nos volvimos a Milán. Alipio quiso también acompañarme en renacer a Vos, para lo cual se había preparado con la grande humildad que requieren vuestros santos Sacramentos, y con tan grave y rigurosa mortificación de su cuerpo, que se atrevió a andar descalzo por aquella tierra de Italia que se hallaba cubierta de hielo, no estando él acostumbrado a eso.
Juntamos también con nosotros al joven Adeodato, que era mi hijo natural, fruto de mi pecado; pero Vos, Señor le dotasteis de unas cualidades muy buenas y excelentes. Aún no tenía quince años, y ya se aventajaba en el ingenio a otros muchos que por la edad y literatura pasaban por hombres graves y doctos.
Dones son y beneficios vuestros estos que os confieso, Dios y Señor mío, Creador de todas las cosas, que sois poderosísimo para reformar nuestras deformidades, pues yo en aquel muchacho no tenía otra cosa mía sino el pecado. Porque el que yo le crease, enseñándole vuestro temor y doctrina, Vos, Señor, me lo inspirasteis y no otro alguno: con que dones son y beneficios vuestros estos que os confieso.
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