Santos Apóstoles · Kindle

Libro IX · Capítulo 9

Las confesiones · San Agustín de Hipona

Tramo 4 de 5

Letra pequeñaMedianaGrande

Este don me parecería pequeño si yo mismo no hubiera experimentado con sentimiento de mi alma lo que practican en esta materia innumerables gentes, por haber cundido dilatadísimamente no sé qué horrenda peste de pecados, quienes no solamente acostumbran revelar a los unos airados enemigos lo que los otros enemigos suyos, enojados también, han dicho de ellos, sino que también añaden otras cosas que no han dicho. Debiera ser tan al contrario, que a un hombre que obra conforme a la humanidad habría de parecerle poco el no excitar ni promover las enemistades de los hombres, hablando mal de unos a otros, si además de esto no procuraba también apagarlas enteramente hablando bien a todos. Esto es lo que mi madre practicaba, siguiendo las ocultas instrucciones que Vos, íntimo maestro suyo, le dictabais en la escuela de su corazón.

21. Finalmente, ganó para Vos a su marido, reduciéndole a la fe algún tiempo antes de que él saliese de esta vida mortal. Desde que se hizo fiel, no le dio a mi madre motivos de llorar los malos procederes con que le había dado que sufrir y tolerar antes de serlo.

Además de esto, era mi madre una mujer dedicada a servir a todos los que os servían. Cualquiera de vuestros siervos que la había conocido os alababa, os reverenciaba y os amaba mucho en ella, porque los frutos de santidad de su inculpable vida testificaban que Vos estabais presente en su corazón.

Había sido mujer de un solo varón; había cumplido todas las obligaciones que tenía para con sus padres; había gobernado su familia y casa con mucha piedad; y las buenas obras que había hecho daban testimonio de la virtuosa conducta que había tenido. Ella, por sí misma, había criado a sus hijos, sintiendo después por ellos los dolores de parto tantas veces cuantas los veía apartarse de vuestros mandamientos.

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