Santos Apóstoles · Kindle

Libro X · Capítulo 3

Las confesiones · San Agustín de Hipona

Tramo 2 de 3

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4. No obstante, Dios mío y médico soberano de mi alma, dignaos declararme qué fruto puedo sacar de hacer esto. Ya veo que las confesiones de mis males pasados, que vos me perdonasteis y los borrasteis para comunicarme vuestra bienaventuranza, dando a mi alma nuevo ser con la fe y gracia de vuestro santo Bautismo, cuando se leen o se oyen, han de excitar precisamente el corazón humano, para que no se deje oprimir del letargo de la desesperación, ni diga «No puedo ya ser otro». Ellas servirán para despertarle de tan peligroso sueño y hacerle vigilante en el amor de vuestra misericordia y en la dulzura de vuestra gracia, que es la que da a los flacos el poder y robustez que necesitan, como también la luz que es necesaria para que reconozcan su flaqueza. Aun los buenos se deleitan con saber los males pasados, de los que ya se han librado ellos, pero no se deleitan porque son males, sino porque de tal modo lo fueron que ya no lo son.

¿Cuál, pues, será el provecho, Dios y Señor mío, a cuya presencia se confiesa todos los días mi alma, quedando más quieta y segura con la esperanza de vuestra misericordia que con su inocencia?, ¿cuál, digo, será el provecho que puedo prometerme de hacer ante Vos estas Confesiones por escrito, por lo que toca a dar noticia a los hombres de lo que soy al presente, no de lo que antes de ahora he sido? Porque ya he visto el fruto que corresponde al confesar lo que fui, y ya hice antes recuerdo de ello.

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