Santos Apóstoles · Kindle

Libro X · Capítulo 34

Las confesiones · San Agustín de Hipona

Tramo 1 de 4

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51. Lo que me falta es hablar del deleite que corresponde a mis ojos corporales, el cual también es materia de estas Confesiones, que hago de tal modo que lleguen a los oídos de mis hermanos piadosos, en que Vos habitáis como en templo vuestro, con lo cual acabaré de referir las tentaciones que pertenecen a la concupiscencia de la carne, y que todavía me incitan mientras gimo en esta cárcel de mi cuerpo, suspirando por la mansión celestial, en que se debe dar al cuerpo y al alma la vestidura de gloria.

Los ojos tienen su deleite en ver objetos hermosos y varios, y colores lustrosos y risueños. Pero nada de esto merece los afectos de mi alma, que debe ocuparla toda y poseerla toda Dios, que hizo estas criaturas, y aunque a todas las hizo sumamente buenas, pero no son ellas mi soberano Bien, sino el que las hizo. Estos objetos visibles en todos los instantes del día se presentan a mis ojos mientras que estoy despierto, sin que cesen nunca de presentarse a la vista, como sucede con las voces respecto del oído, que no siempre está oyendo cantar, y hay ocasiones en que cesa toda voz y ruido, como sucede cuando todo está en silencio; pero esto no sucede así respecto de los ojos, porque en cualquier paraje donde esté durante el día, la misma luz, reina de colores, bañando con sus rayos todas las cosas visibles, sin que yo la atienda, y aunque esté pensando en otra cosa muy diferente, se me comunica y se me insinúa de muchos modos y muy halagüeños a la vista; tanta es la vehemencia con que se insinúa y comunica, que si repentinamente se nos quitase la luz, tendríamos que buscarla con gran deseo de que se nos volviese y, si durase por largo tiempo su ausencia, nuestra misma alma se contristaría.

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