Santos Apóstoles · Kindle

Libro X · Capítulo 43

Las confesiones · San Agustín de Hipona

Tramo 2 de 3

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69. ¡Oh eterno y amantísimo Padre!, ¡qué grande fue el exceso de vuestro amor para con los hombres, pues no perdonasteis a vuestro unigénito Hijo, sino que le entregasteis a que muriese por nosotros pecadores!, ¡qué grande fue el amor que nos mostrasteis, pues llegó a tal extremo, que aquel mismo Señor, que en tenerse por igual a Vos no os usurpara cosa alguna, se sujetase a padecer por nosotros la ignominiosa muerte de cruz! AsíÉl había sido el único libre entre los muertos, que tuvo potestad de morir y también la tuvo de resucitar. Él mismo fue el vencedor y la víctima que se ofreció a Vos por nosotros, y por eso fue vencedor, porque fue víctima. Se hizo para con Vos sacerdote, y sacrificio por nosotros; y por eso fue el sacerdote, porque Él mismo fue el sacrificio. Y finalmente, de siervos que éramos, nos hizo vuestros hijos el que, siendo Hijo vuestro, se hizo nuestro siervo.

Con razón, pues, Dios mío, tengo grande y firmísima esperanza de que sanaréis todas mis dolencias, por este mismo Señor, que está sentado a vuestra diestra y os ruega incesantemente por nosotros, que si no desesperaría de mi salud. Verdaderamente son muchas y grandes mis dolencias, muchas son y grandes; pero mayor, más copiosa y eficaz es vuestra medicina. Si el divino Verbo no se hubiera hecho hombre, ni habitado entre nosotros, hubiéramos podido juzgar que estaba muy ajeno de unirse con la humana naturaleza, y desesperar enteramente de nuestra salvación.

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