Libro XI · Capítulo 27
Las confesiones · San Agustín de Hipona
Tramo 2 de 3
Y, sin embargo, medimos los tiempos, y no aquellos que todavía no son, ni tampoco los que ya no son, ni aquellos que no se extienden con alguna duración, ni los que no tienen términos. No medimos, pues, ni los tiempos futuros, ni los pasados, ni los presentes, ni los que van pasando; y, sin embargo, medimos los tiempos.
35. «Deus creator omnium» (Oh Dios, creador de todo). Este verso es de ocho sílabas, en que alternan breves y largas. Y así, las cuatro breves –primera, tercera, quinta, séptima– son sencillas, respecto de las cuatro largas –segunda, cuarta, sexta, octava–; cada una de éstas tiene doble tiempo que cada una de aquéllas; yo las pronuncio y me doy cuenta, y así es, en cuanto lo siente manifiestamente el oído. En cuanto sensiblemente lo percibo, con la sílaba breve mido la larga y siento que tiene dos veces tanto. Pero cuando suena una después de otra, si la primera es breve y la segunda larga, ¿cómo retendré la breve, y cómo al medir la aplicaré a la larga para averiguar que ésta tiene dos veces tanto, siendo así que la larga no empieza a sonar mientras no hubiere dejado de sonar la breve? Y la misma larga, ¿cómo la mido presente, siendo así que no la mido sino después de acabada? Pero su acabar es pasar.
¿Qué es, pues, lo que mido? ¿Dónde está la breve con que mido? ¿Dónde está la larga que mido? Ambas sonaron, volaron, pasaron, ya no son; y yo mido, y confiadamente respondo, cuanto uno puede fiarse del oído ejercitado, que la una es sencilla y la otra doble, en duración de tiempo se entiende. Y no puedo hacerlo sino porque ya pasaron y terminaron. No mido, pues, las mismas sílabas que ya no existen, sino algo de ellas que en la memoria permanece fijo.
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