Libro XI · Capítulo 31
Las confesiones · San Agustín de Hipona
Tramo 1 de 1
41. ¡Señor, Dios mío, cuán recóndito es vuestro profundo secreto!, y ¡cuán lejos de él me arrojaron las consecuencias de mis delitos! Sanad mis ojos y me complaceré en vuestra luz. Ciertamente, si existe un alma dotada de tan grande ciencia y presciencia, que le sean tan conocidas las cosas pasadas y venideras, como lo es para mí una canción trilladísima, admirable es esta alma y estupenda hasta el pasmo, puesto que nada se le oculta de cuanto ha sucedido o ha de suceder en los siglos, así como a mí no se me oculta, al ejecutar aquel cántico, qué y cuánto de él ha pasado desde el principio, qué y cuánto falta hasta el fin.
Pero lejos de mí pensar que Vos, creador del universo, creador de las almas y de los cuerpos, lejos de mí pensar que de esta manera conocéis Vos todas las cosas pasadas y venideras.
¡Vos mucho más, mucho más maravillosamente, mucho más secretamente! Porque mientras en el que canta o escucha una canción conocida, con la expectación de las notas que vienen y la memoria de las que pasaron se varía el afecto y se mantiene viva la atención; nada semejante acaece en Vos, inmutablemente eterno, es decir, verdaderamente eterno creador de los espíritus. Porque así como conocisteis en el principio el cielo y la tierra sin variación de vuestro conocimiento, así hicisteis en el Principio el cielo y la tierra, sin distinción de vuestra acción.
El que esto entiende os alabe; y el que no lo entiende os alabe. ¡Oh cuán excelso sois; y los humildes de corazón son vuestra casa! Porque Vos levantáis a los caídos (Ps., 145, 8), y no caen aquellos cuya excelsitud sois Vos.
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