Santos Apóstoles · Kindle

Libro XII · Capítulo 15

Las confesiones · San Agustín de Hipona

Tramo 4 de 5

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21. De donde en tal manera procede de Vos, Dios nuestro, que es totalmente otra cosa que Vos y no lo mismo. Y si bien no hallamos tiempo, no ya antes de ella, pero ni siquiera en ella – porque es idónea para ver siempre vuestra faz, y jamás se aparta de ella, lo cual hace que no varíe con mudanza alguna–, le es, sin embargo, inherente la mutabilidad; por donde se entenebrecería y enfriaría, si no fuese porque, adhiriéndose a Vos con grande amor, resplandece y arde de Vos como perpetua mediodía.

¡Oh casa luminosa y hermosa! ¡Amo tu hermosura y el lugar donde mora la gloria (Ps., 25, 8) de mi Señor, tu Hacedor y poseedor! A ti suspire mi peregrinación; y digo a Aquél que te hizo, que a mí también me posea en ti, pues Él me hizo también a mí. Erré como oveja perdida (Ps., 118, 176); pero en los hombros de mi Pastor (Lc., 15, 5), tu Hacedor, espero ser a ti reducido.

22. ¿Qué me decís, contradictores a quienes me iba dirigiendo, que, sin embargo, creéis a Moisés, siervo piadoso de Dios, y sus libros, oráculos del Espíritu Santo? ¿Es o no esta casa de Dios, no digo coeterna con Dios, pero sí, a su modo, eterna en los cielos (2 Cor., 5, 1), en donde inútilmente buscáis vicisitudes de tiempos que no encontráis? Porque sobrepasa toda distensión y todo espacio voluble de edad, ella, cuyo bien es estar siempre adherida a Dios (Ps., 72, 28).

–Sí lo es –dicen.

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