Libro XII · Capítulo 22
Las confesiones · San Agustín de Hipona
Tramo 1 de 2
31. Porque cuando alguien intentase oponerse a estas dos últimas opiniones, diciendo: Si no queréis ver designada con el nombre de el cielo y la tierra la materia informe, entonces había algo que Dios no había creado, de donde hiciese el cielo y la tierra; porque la Escritura no ha contado que Dios hubiera hecho semejante materia; a no ser que la entendamos significada por el vocablo el cielo y la tierra, o solamente la tierra, donde se dice: En el principio hizo Dios el cielo y la tierra; de suerte que lo que se sigue: Pero la tierra era invisible e incompuesta, aunque [a Moisés] le pluguiese denominar así a la materia informe, no hemos de entender, sin embargo, sino aquella misma tierra que hizo Dios, de la cual había escrito: hizo Dios el cielo y la tierra; los defensores de estas dos opiniones que en último lugar (cap. 21) mencionamos, o los de la una o los de la otra, responderán al oír esto y dirán:
No negamos, ciertamente, que esta materia informe haya sido hecha por Dios; por Dios, de quien procede toda la creación sobre manera buena. Porque como decimos que es más bueno lo que fue creado y formado, así confesamos que es menos bueno lo que fue hecho creable y formable, pero, al cabo, bueno. Mas la Escritura no mencionó que Dios hubiese hecho esta materia informe, como no mencionó otros muchos seres, por ejemplo, los querubines y serafines, y aquellos que distintamente nombra el Apóstol: los tronos, dominaciones, principados y potestades (Col., 1, 16), y, sin embargo, es manifiesto que todos ellos fueron hechos por Dios.
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