Libro XIII · Capítulo 6
Las confesiones · San Agustín de Hipona
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7. Pero ¿qué causa había, oh Luz de la verdad –a Vos acerco mi corazón para que no me enseñe cosas vanas; disipad sus tinieblas, y decidme, os ruego; por la caridad, que es mi madre, os lo ruego, decidme–, qué causa había para que, después de nombrado el cielo y la tierra invisible e incompuesta y las tinieblas sobre el abismo, entonces finalmente vuestra Escritura nombrase a vuestro Espíritu? ¿Acaso porque convenía de tal suerte insinuarle, que se dijera que se cernía sobre algo, y no podía eso decirse sin mencionar primero aquello sobre lo cual pudiera entenderse que vuestro Espíritu se cernía? Porque no se cernía sobre el Padre, ni sobre el Hijo; ni propiamente se pudiera decir que se cernía (superferri) si no se cernía sobre algo. Preciso era, pues, nombrar antes aquello sobre que se cernía, y después Aquél que no convenía ser nombrado, sino diciendo que se cernía sobre algo.
Mas ¿por qué razón no convenía nombrarle de otra suerte, sino diciendo que se cernía sobre algo?
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