Libro XIII · Capítulo 7
Las confesiones · San Agustín de Hipona
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8. Ya desde aquí, siga con el entendimiento quien pueda a vuestro Apóstol, que dice: Que vuestra caridad se ha derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado (Rom., 5, 5); y que, acerca de los dones espirituales, enseña y muestra el sobreeminente camino de la caridad (1 Cor., 12, 31); y que por nosotros dobla las rodillas delante de Vos, para que conozcamos la sobreeminente ciencia de la caridad de Cristo (Efes., 3, 14 y 19). He aquí por qué el Espíritu, sobreeminente desde el principio, se cernía sobre las aguas. ¿A quién lo diré? ¿Cómo hablaré del peso de la concupiscencia hacia el derrumbadero del abismo, y de la fuerza elevadora de la caridad por vuestro Espíritu, que se cernía sobre las aguas? ¿A quién lo diré? ¿Cómo lo diré? Pues no son lugares en que nos hundimos y de que surgimos. ¿Qué cosa más semejante, y qué cosa más desemejante? Son los afectos, son los amores, es la inmundicia de nuestro espíritu que corre hacia abajo por el amor de los afanes terrenos; y es vuestra santidad que nos eleva a lo alto por el amor de la seguridad, para que tengamos el corazón levantado hacia Vos, allí donde vuestro Espíritu se cierne sobre las aguas, y arribemos al sobreeminente descanso cuando nuestra alma haya pasado las aguas que no tienen sustancia (Ps., 123, 5).
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